domingo, 12 de julio de 2015

¿Qué hacer frente al Proceso de Paz?





Un equipo de negociadores del Gobierno colombiano y otro de la guerrilla de las Farc están sentados desde hace dos años y siete meses, primero en Oslo y luego en La Habana, en unos diálogos de paz que podrían cambiar el futuro de Colombia. El dieciséis de mayo pasado se cumplió un año desde que en la Mesa se llegó a un acuerdo: la solución al problema de la droga. Desde entonces ambas partes se han visto en lo que los medios llaman un “estancamiento” de las negociaciones, pues aun no se llega, como era de esperarse,  a una conclusión en el siguiente punto de la agenda: las víctimas.

El pasado dos de Julio dos petardos estallaron en Bogotá. De inmediato las cadenas nacionales informaron sobre el suceso, que dejó varios heridos en las sedes de Porvenir que fueron blanco de las explosiones. Enseguida, las Farc fueron culpadas de haber inicido la “ola de terrorismo” que ya se venía presagiando con los demás atentados provocados por esa guerrilla, como la voladura de parte de Oleoducto Trasandino, en la vereda de El Pinde, que regó, según informó la Revista Semana, diez mil barriles de petróleo crudo; y el sonado asesinato de once soldados en Cauca. Incluso, Rafael Pardo salió de decir desde el lugar de una de las explosiones, en Bogotá, que “es evidente que esto responde a las Farc”. 

También hay otras noticias, como el cambio en el Ministerio de Defensa que asumió desde hace tres semanas Luis Carlos Villegas. Quien se suponía que iba a ser el ministro que preparara el campo para la eventual paz, pero su llegada al cargo estuvo acompañada de los atentados en la capital y la muerte de cuatro soldados en la detonación de un helicóptero Black Hawl en Norte de Santander, a causa del ELN.

Los medios informan todos los días acerca del rumbo que tiene el Proceso de Paz. Acerca de las tensiones, las rupturas (recuérdese el secuetros del general Rubén Darío Alzate) y las trabas morales y jurídicas que van aparejadas a lo que pase en Cuba. La información es a veces confusa o manipulada: en realidad los atentados del pasado dos de julio no fueron cometidos por militantes de las Farc sino del ELN, que fueron ya capturados este miércoles. Sin embargo, la opinión púbica ya había señalado culpables (como Pardo) a pesar de que nigún boletín de la Policía Nacional había sido emitido.

Yo estoy a favor del Proceso de Paz y de la salida negociada del conflicto colombiano. Pero he venido a defender una posición más sencilla que la de estar a favor o en contra: la de que hay que estar informado acerca del rumbo de las negociaciones. Sobre todo antes de emitir juicios y acusaciones y frases idiotas como (esta la escuché recientemente): “prefiero la guerra de Uribe que la paz de Santos”. ¿De verdad? Entonces coja el fusil y vaya a dar bala si es que es tan bravo. Porque es fácil decirlo  si se está sentado en casa, frente al televisor, con un buen vaso de jugo en la mano.

Hay que estar bien informados por que dependiendo de la solidez de la información que se posee se crean buenos o malos juicios de valor sobre la realidad. La información completa aleja al espectador del prejuicio y las desiciones apresuradas, como la del señor Pardo. También mantiene a la raya las pretenciones, por ejemplo (y esta la tiene la mayoría de los colombianos), la de no querer que sigan las negociaciones con las Farc y, en cambio, acabarlos a todos con ácido o algún plaguicida. O la falta de conciencia en la que los crímenes del Estado y el Ejército casi no tienen resonancia, a pesar de que son igual de graves e inhumanos que los de la guerrilla. 

Es un viejo vicio el de estar desinformado o mal informado acerca de la relaidad del país. Pero hay que hacer excepciones y el Proceso de Paz es una buena oportunidad para empezar a imaginar un país sin guerra y las pruebas que debemos pasar para lograrlo. De modo que hay que estar pendiente de lo que dicen analistas, periódicos y noticieros. Alertas al engaño y las malas intenciones de ciertos “sectores políticos”. El aluvión de noticias sobre el terrorismo no se puede acaparar, y a veces parece que hay demasiada información y poco tiempo de digerirla. Por eso está bien buscar buenas fuentes de análisis de medios y personas serias. Sobre todo con los temas delicados y desicivos.

Colombia está en un punto crucial de su historia, todos somos protagonistas de los términos del futuro del país. La oportunidad de acabar con la guerra (al menos en uno de sus frentes) puede no presentarse en una generación más. La información está allí, pero hay que saber mirarla.

La foto que acompaña este artículo fue tomada por un gran amigo mío, Juan Pablo Ocampo.
Más de su trabajo: flickr

Barranquilla linda, Barranquilla bella

Señal de tránsito en Barranquilla



Voy a hacer algo que casi no hace con objetividad: hablar bien. En esta columna voy a hablar bien de Barranquilla. Hablar bien se acerca mucho al elogio y el elogio es ciego o solo intenta convencer a los otros. Y rara vez se hace con objetividad (como yo espero hacerlo) porque se exaltan las bondades en detrimento de la mención de las flaquezas, de la parte fea, de lo que no suena bien o no gusta. Pero, con todo, voy a hablar bien de mi ciudad natal. Espero ser justo.

Barranquilla, en los últimos años, ha mejorado en un tema que desde hace mucho tiempo había estado a la sombra de otros más “importantes” (industria, comercio, turismo, carnaval) y lejos de la opinión pública y las decisiones de sus gobernantes: el espacio público. El tema es de mucha actualidad a medida que crece (más y más) la población, se compran más carros, se construyen rascacielos. Las ciudades se ven afectadas por la sobrepoblación, la contaminación que los motores producen y la construcción desmedida de edificios. El espacio público va desapareciendo porque se necesitan más calles, más edificios de oficinas y apartamentos, más estacionamientos, más centros comerciales. Se cortan árboles, se secan lagos deliberadamente, se poda, mata y construye. Con lo cual los ciudadanos tenemos menos parques, teatros, plazas, fuentes. Es decir, espacios gratuitos en los que se pueda practicar la importantísima actividad del ocio, del esparcimiento, de la diversión.

En este contexto hoy Barranquilla va un paso adelante. He visto como en la última administración la alcaldía ha invertido en la mejora de los parques (el Suri, el de El Silencio, el Olaya) y la Plaza de la Paz, la Avenida del Río, la remodelación de la Intendencia Fluvial y su alrededor. Los  barranquilleros han podido (¡por fin!) salir de casa a un sitio en que pueden encontrarse con amigos y con otra gente del común. Y es que las ciudades necesitan espacio público. Lugares que no le pertenezcan a nadie sino a todos. En especial en una donde lo público rara vez tiene sentido: en Barranquilla cualquiera se roba el andén con una venta, se roba la calle, le roba espacio al parque, tala un árbol, seca un lago, expande su terraza para que quede el mínimo por donde transitar. En Barranquilla, la construcción y mejora del espacio público tiene a mi juicio una doble consecuencia que apunta al esparcimiento y a la educación. Uno se puede reuinir con los amigos en cualquiera de estos parques y, en esa medida, puede entender que el parque es de todos, para todos, y no algo que puede apropiarse de buenas a primeras.

Los lugares públicos, como dije, son un tema de discusión de las ciudades modernas que se preocupan (léase: que deberían preocuparse) por brindar bienestar a su población. Una plaza, por ejemplo, es, además de un gran sitio de reuniones, un espacio que funciona como soporte de las funciones propias de la vida en sociedad: la conversación, el diálogo, la manifestación política, los conciertos. Y hay que recordar que lo público no solo sirve para reunirse, también para recordar. Dentro de los bienes públicos están incluidas aquellas piezas arquitectónicas que narran la historia de una ciudad y un país. En la capital del Atlántico aun falta eso que aquí llamamos “sentido de pertenencia” en cuanto a la memoria se refiere. Un artículo publicado a principio de año en la Revista Arcadia, denuncia esta situación: los bienes culturales arquitectónicos se ven reemplazados por feos adefesios de veinte pisos. Por estas razones uno debería tener presente el uso que las autoridades hacen del patrimonio colectivo.

Me gustaría pensar que más lugares a donde ir y disfrutar, gratuitamente, de la ciudad significa una transformación de fondo para Barranquilla. Porque los barranquilleros (que nadie se ofenda) nunca aprendieron a respetar lo público: tiran la basura, las ramas y los escombros en cualquier parte; ensucian las calles; hacen demasiado ruido (parlantes de dos, tres, cinco, veinte metros); todo lo ampara la informalidad: el taxi colectivo, mototaxi, bicitaxi, carro coche, carro mula, título falso, pase falso, en fin. Y no se preocupan mucho por su ciudad. No nos digamos mentiras, esto es así. Pero puede cambiar. Si llevamos la idea de un lugar para todos a las estaciones del transmetro, al barrio y la escuela. 

En mis vacaciones me gustaron mucho la brisa del Río Magdalena, la nueva cara de la antigua Intendencia Fluvial y, cerca de mi casa, la remodelación del parque de El Silencio. Es inevitable sentir que el barrio y la ciudad adquieren importancia para todos los que hacen ejercicio o les gusta salir a pasear. Ojalá pronto tengamos, además de espacios públicos, consiencia de lo verdaderamente público, eso sí que hace falta.