sábado, 5 de septiembre de 2026

La razón de leer

Hace tres años perdí un vuelo. No llegué a ocupar mi asiento no por el tráfico impredecible de la capital, a causa de una larga fila durante el control de seguridad, tampoco por una confusión en las salas de embarque. Lo perdí por los libros. Por un libro. Al llegar al aeropuerto tenía tiempo de sobra, así que saqué El sueño del celta. Comencé a leer en espera del despegue: después del Congo y del Putumayo, Roger Casement se embarcaba en una cruzada contra el imperio británico; era capturado cuando intentaba traficar con las armas del Kaiser; padecía un largo proceso en una cárcel muda, refugiado en un libro sobre la virtud de la vida cristiana; un sacerdote lo animaba al encuentro con Dios; la amenaza de acabar en la horca condenado por traición apenas se había dilatado por un pedido de clemencia enviado a las altas esferas del poder… Yo seguía el relato con atención absorta, como un ente ajeno a la diégesis, compartiendo sitio con los personajes. El hechizo se disolvió tan pronto alcé la vista y me encontré solo. La sala de espera se había vaciado, el avión había cerrado sus puertas, el último llamado había sido pronunciado. Me puse en pié con un suspiro. Caminé de vuelta al mostrador. Y pagué un nuevo tiquete con la tarjeta de crédito. ¿Quién iba a creerme la justificación del lector enajenado por el relato? Llamé a casa y mentí a quienes me esperaban en el Ernesto Cortissoz esa tarde. “El mal clima, …los muchos pasajeros, …esta aerolínea de mierda”. Debí esperar un par de horas y gastar dinero en un almuerzo caro. Cuando de nuevo fue momento de abordar, esperé el llamado de mi grupo con el libro cerrado. 



No fui un lector precoz al que las letras se le revelaran pronto. No tengo nostalgia por el recuerdo de lecturas párvulas. Incluso tuve problemas para aprender el código escrito. Invertía las combinaciones consonánticas como br y bl, y como resultado no escribía Alberto sino Albreto. El error me lo corrigió que mi mamá comenzara a llamarme Albreto. 


-¡Albreto, ven para acá!.

-Albreto, cómete todo.

-Hasta mañana, Albreto. 


Santo remedio. 


No teníamos libros en casa. Visitar librerías no era una costumbre, ni siquiera una posibilidad. Los libros fueron un descubrimiento de la pubertad. Sucedió en algún momento entre los doce o trece años. El texto literario se fue colando en mi cotidianidad, en mis hábitos, en mis presupuestos; alcanzó mis anhelos y determinó mis sueños, moldeó mis metas a partir de entonces. Había comenzado a leer a los doce y a los quince años lo único que quería era convertirme en escritor. El ensueño literario que había comenzado al calor de una provincia olvidada me llevó más tarde a perder el vuelo de regreso a casa. Yo sabía por qué había comenzado a leer, pero ¿por qué seguía leyendo? Y sobre todo: ¿por qué seguía leyendo ficción y literatura? ¿y para qué?


La literatura une. Los libros, sus historias, son el pegamento social. El relato ordena, localiza el origen de un todo, sus posteriores retos, la genealogía de sus destinos. El ejemplo más obvio son las religiones y las ideologías, pero  existe la tradición en la literatura también. Ningún relato aparece en aislamiento. No hay generación espontánea en la literatura. Un texto siempre remite a otros que lo explican, lo amplían y lo ponen en perspectiva. El lector participa de la cultura escrita porque aprende los códigos, sabe las referencias, almacena los pasajes y los versos, los personajes y desenlaces. La literatura es caníbal, pero lo importante es que esta bibliofagia ocurre en la mente del lector. La lectura es una suma de intertextualidades. Y todo libro puede ser el origen de una tesis. En consecuencia, leemos para participar de nuestra cultura y para aprender a captar qué es lo importante, aunque parezca cambiante y volátil. Hay dicha en el leer y en el saber que hay otros lectores. Algún tipo de intimidad compartida existe entre dos personas que leyeron el mismo libro. 


Podemos reconocernos y encontrarnos en los libros. Hace poco tomé la decisión de leer todos los libros de mi biblioteca. Lo cual es una idea problemática porque he de tener alrededor de 200 libros. Si leo 20 libros al año (perspectiva optimista), tardaría nada menos que una década en culminar la lectura total, contando, claro, con que en esa década no entren más libros a mis estantes, a mi escritorio, a todos los espacios de la casa; lo cual es bastante poco probable. De todas formas apreté el ritmo y ahora la idea es leer un libro cada quince días y robarle horas a otras actividades. En medio de esta vorágine de lectura me encontré con un corto momento de la vida de Charles Bovary en el que debe mudarse para adelantar sus estudios, alquilar una modesta habitación y contar la magra mesada con la que debe subsistir durante los años de preparación para el oficio de la medicina. Fue como si me hubiesen puesto un espejo en frente. Allí estaba yo, con otro nombre, en otra época y con otra profesión, pero el patrón era el mismo. Las precariedades con las que yo estudié no eran un patrimonio exclusivo de mi historia, sino que eran el paso obligatorio de tantas vidas de tantos estudiantes en tantas otras épocas. Lo que yo había vivido en Medellín en la segunda década del siglo XXI también había tenido lugar en la Francia del siglo XIX. Una obviedad, claro; pero no fue obvio hasta que no lo vi en el papel impreso. De alguna forma encontrarme conmigo en aquellas palabras me tranquilizó: no estaba solo. En ese entonces mis gustos eran baratos. Y lo bueno de los libros era que con solo ir a prestar uno en la biblioteca pública podía distraerme durante las horas que habría pasado en un cine que no podía pagar. 


Leo porque aspiro a escribir. Este tipo de lectura implica la inclusión no solo de la historia narrada o la información ofrecida, sino también de la materialidad y la arquitectura del libro. Para compenetrarme con el texto hago en primer lugar un escaneo de su materialidad. Parto del principio de que todo lo dispuesto en el libro objeto comunica y que todo está allí por una razón. La portada, la tipografía, el orden de los capítulos son importantes para la interpretación. Luego, me fijo en la manera en que está organizado el texto: los capítulos, las secciones, los índices, ese tipo de elementos. Puesto ya a leer me pregunto siempre mientras avanzo: ¿qué puedo tomar de este texto? ¿qué puedo aprender de él para escribir mejor? ¿qué inventario de recursos puedo extraer de aquí? No solo importa el qué sino el cómo. El texto literario tiende a ser en extremo creativo en comparación con otro tipo de textos. Para escribir un ensayo se tienen moldes, igual que para escribir una tesis. Pero la literatura no funciona así y busca constantemente nuevas formas de narrar los sucesos y aprehender al lector. Entonces me pregunto cuando veo una estrategia narrativa: ¿qué consecuencias para la lectura tiene esto? Y si el recurso me gusta lo suficiente, lo guardo y espero usarlo más tarde en mis propios ejercicios. Por esta razón mis libros están violentados por una carga arrogante de notas y banderitas de colores. Es muy fácil saber que un libro fue leído por mí. Estas notas a veces las organizo, a veces no. Mi plan es llegar a estructurarlas como lo hizo Vallejo en Logoi, solo que en lugar de fijarse en la sintaxis, mi libro se fijaría en los mecanismos de la narración. Una lectura con fines de escritura concluye con espacios de reflexión e incorporación del texto a una biblioteca personal no ya física, sino abstracta. Una que se guarda en mi memoria y quizá de formas no siempre conscientes, pero que, espero, guía mi intuición a la hora de escribir y de juzgar nuevos textos que voy leyendo. 


Leer es un vicio. De joven, durante la carrera universitaria, agotaba el cupo de libros que podía obtener en calidad de préstamo en la biblioteca de la UdeA. Mi habitación se llenaba de libros recién editados o difíciles de conseguir o simplemente interesantes para la mente absolutista, ambiciosa, que me gobierna. Como vivía en un barrio popular, a veces tenía que encerrarme en el baño para poder leer: así era el escándalo de la música. Ahora, me entristezco si no leo. Esos periodos en los que por una u otra circunstancia dejo de leer están cargados, en mi memoria, de angustia. Me desdibujo si no estoy leyendo. Dejo de ser quién soy. Ya no me justifico. 


Entre otras razones para la lectura están: la empatía (que siempre se menciona), el pensamiento histórico, el espíritu crítico, la ampliación del vocabulario y del repertorio de ideas. Todas con impacto en la vida intelectual del lector. Sin embargo, hay una razón más simple que todas para la lectura de ficción: las historias son entretenidas. Muy probablemente la sed de relatos está aparejada con la antiquísima costumbre humana de querer saber la vida de los demás. En la literatura podemos hacerlo indiscriminadamente. Sin miramientos. Al fin y al cabo: ¡qué sería del texto literario sin la desmesura de la guerra, los celos enraizados, las disputas por el poder, las peleas entre hermanos, los dramas internos, los demonios, la búsqueda del sentido en la existencia, los amores prohibidos, la discriminación! La literatura ocurre ante los ojos del lector como una cascada de eventos. Supongo que en el mundo contemporáneo y los mundos contemporáneos por venir la lectura no puede ni podrá compararse en la producción de emociones físicas con otros tipos de entretenimiento: conciertos, scrolling, parques de diversiones, películas, drogas, fiestas, más un largo etcétera. Sin embargo, siendo las palabras nuestra principal forma de comunicación entre pares, cabría esperar que la lectura no pierda vigencia como forma de escapismo. Por lo demás, también es cierto que van quedando pocos espacios para la reflexión individual y el sosiego personal, que no tienen mejor sitio para ocurrir que durante la lectura silenciosa. 


En una jornada normal mi atención rebota entre tareas. El trabajo me exige atender a mis estudiantes, poner asistencias, abrir páginas web, reproducir un audio aquí y otro allá, proponer juegos, asistir a quienes no comprendieron o no escucharon la instrucción, en fin. La docencia en línea implica cierta plasticidad al momento de aprender nuevos procesos y una dispersión del epicentro de las labores. Tener muchas cosas que hacer al tiempo, según imagino, no es patrimonio exclusivo de mi profesión. De la misma forma, cualquier adulto que trabaje sabe atender no pocas tareas. Pasa en el trabajo, pero también en lo personal: el pensamiento discurre entre nodos que llevan de un recuerdo a otros, de una conclusión a otras, una emoción a otras. La voz interna no permanece jamás en silencio. ¿Qué le sucede al yo cuando lee? Al menos en mi caso, se calla. Si el pensamiento es una cuenca, el libro es el río. Leer funciona como un método lingüístico para encauzar el pensamiento. La lectura guía el relato interno. La mente interpreta como si produjera y ocurre un desdoblamiento: uno se cuenta a sí mismo algo que está presenciando en la letra impresa. Allí el yo se pierde. O pasa a un segundo plano. El trabajo, la familia, la cotidianidad dan espera mientras uno lee. Leer no solo se trata del escapismo, sino de la reflexión. Leer es reflexionar. Ahora la mente tiene un derrotero fijo y claro de hacia dónde debe ir y lo sigue sin mirar hacia los lados. O quizá yo estoy ya demasiado enraizado en una costumbre que ni siquiera es natural en los seres humanos. Y por eso pierdo aviones.


domingo, 30 de agosto de 2026

La biblioteca de los libros por leer

Me siento a la mesa y miro hacia la biblioteca. Paseo la vista por toda la colección. Los libros están ordenados en secciones que no responden a la razón sino al capricho. En primera fila tengo los imprescindibles, donde he incluido tanto ensayo como literatura y periodismo, gramática del lenguaje literario y memorias de lectura e historia. Sigue una sección de autores latinoamericanos del boom. Enseguida están los colombianos, sin importar si son contemporáneos o no, y debajo otros latinoamericanos.  Continúa un segmento de literatura española clásica y luego una columna con los griegos antiguos. Hay otras etiquetas: gramática y lingüística; españoles contemporáneos; novela contemporánea no colombiana; libros sobre libros; cuento (amplia); poesía (irrisoria); historia (decente). Me sirvo un té y me fijo en la estrategia que uso para llevar las cuentas de los libros leídos: un punto adhesivo sobre el lomo. Dos en caso de una relectura. Visto desde la superficie parece que hubiera solo dos tipos de libros: no leídos y terminados. Pero hay un área intermedia de la que solo yo puedo dar cuenta, los libros leídos a medias. A primera vista no existe nada que indique hasta qué punto se leyó un libro. Los leídos a medias son libros que pertenecen a un limbo privado de la memoria del lector, inclasificables, sin la tranquilidad del deber cumplido, flotando entre el olvido y la conquista. Termino mi té. 

Busco el portátil y abro el excel en que hace poco inventarié todos los títulos de mi biblioteca personal. Resultó que había casi cuatrocientos. Una de las columnas en que mandé a poner la información de cada ejemplar (“título”, “autor”, “editorial”...) está dedicada a marcar si fue leído. Hago un pequeño filtro en el documento y resulta que hay apenas treinta y cinco. O sea, apenas el diez por ciento. Lo que para mi inflexible conciencia del lector significa nada. Cierro el archivo y me pregunto por qué tengo tantos libros sin terminar. Si se supone que soy un lector de alto rendimiento, ¿por qué mi lista de libros leídos es apenas un porcentaje por poco despreciable respecto al conjunto de todos los títulos?


Paso del comedor al escritorio, mi lugar de estudio. Leo casi siempre sentado aquí, con la luz indirecta de una lámpara parecida a la de Pixar. Tengo arrinconados los libros que seleccioné a fin de tenerlos a mano. Se trata de una pequeña colección que separo de la biblioteca principal y que indica que esos tomos están en condición de lectura. Todos a medias. Pero, ¿por qué?


El entusiasmo por el estreno de la película de Nolan me llevó a traer la Odisea desde la sección de clásicos griegos. La leí durante unos días antes del estreno. Tomé algunas notas en las páginas del libro. Hace algún tiempo declaré que los libros eran el cuaderno de notas de sí mismos y ahora los rayo sin discriminación, con bolígrafo y en dónde sea que pueda escribir. Una de las notas dice: Bueno, pero ahora que lo pienso… Atenea está guiando a Telémaco hacia una aventura de la que ella misma conoce el desenlace. Es decir, ¿no era más fácil simplemente decirle: ‘Oye tú papá está vivo, vamos a buscarlo’. Así, ¿son los dioses más una forma de personificación de nuestras propias pasiones y búsquedas que las fuerzas sobrenaturales que dicen ser? Vi la película. Encontré en ella una bella alteración de perspectiva en la narración de la aventura y una resignificación profunda sobre el papel de Atenea y la memoria de su pueblo. Y luego dejé el libro sin acabar. Esta era, de todas formas, una relectura, si sirve la aclaración. La Odisea había sido leída en otra época y en otra geografía. En esencia, una fiebre pasajera guió esta lectura este año. Una vez acabado el momento, dejé de leer. Pero he sido incapaz de devolver el libro a la sección de los clásicos. Necesito sirenas que me seduzcan desde el papel. 


Pongo en orden el escritorio. Ayer tuve una jornada de desenfreno. Me frustró no saber por dónde empezar una reseña de Los gritos de Andrés Arias. Terminé de leerlo hace meses. La nota de adquisición reza: Este libro se compró la tarde del tres de junio de 2026. Para paliar la pena saqué un libro de consulta que uso en la redacción de ciertos textos: Saber escribir. Como es un libro de consulta no tiene punto en el lomo. ¿Cuenta como no leído? No lo sé. De vuelta a la reseña que quería escribir: leí cómo se escribe una y qué debo incluir en ella. No fue suficiente. Me dije: la mejor forma de aprender a escribir reseñas no va a ser leyendo un manual de escritura, sino revisando reseñas publicadas en algún medio. El razonamiento me empujó a ir a mi colección de revistas Arcadia y disponer unos veinte números en mi cama, abiertos por la sección en que solían reseñarse los libros. Tomé notas, saqué conclusiones e intenté ordenar mis ideas. Pero el escritorio quedó en completo e indeseable desorden. Ahora, mientras ordeno, me encuentro con otra pasión de otoño. Los cuentos completos de García Márquez me miran con un reclamo. Tienen razón. Los bajé de su sección solo porque había leído Aquellos años del Boom de Xavi Ayén y quería retroceder en el tiempo y encontrar aquellos primeros cuentos de Gabo. Y los encontré de una prosa inmadura en los primeros relatos, claro. Y así es cómo salto de un libro a otro. Una vez terminada la sección de libros, ordeno los cuadernos de notas.


En general, yo tomo notas compulsivamente. Las tomo para no olvidar lo que he leído y porque las notas me sirven como un recuento de cómo, dónde y por qué fue leído un libro. Tiendo a ser estricto con las marcas temporales, entonces mis notas llevan siempre la fecha y a veces algún tipo de referencia de en dónde me encontraba (“casa tía”, “tarde Luci”, “Usiacurí sábado”, etcétera). Las notas son un mapa de la cronología de lo que uno pensó. Hay además cierto placer estético, cierta satisfacción, en mirar los cuadernos llenos de notas. Pero lo más importante es que las notas empiezan a crear conexiones entre libros. Una idea, una referencia, un tema que se encuentra en una lectura remite a otra. Así que se crea un conexión entre ambas. De alguna manera esa red de intertextualidades ayuda a recordar, pero también amplía, relativiza y pone en contexto a la obra en cuestión. El libro leído a medias es un capítulo abierto de mis notas sobre el que vuelvo con cada sesión de lectura, en ocasiones luego de meses de anotar otros libros. Un libro lleva a otro. Y es fácil ceder a la tentación de empezar otro libro que ha sido mencionado o evocado por el que estoy leyendo ahora. Me pasa que creo no entender por completo el sistema textual de una lectura si no estoy enterado de esas otras que la explican, la complementan o que la inspiraron, nutrieron o justificaron. En consecuencia, dejaré el libro que estoy leyendo y me iré a buscar una de sus referencias con la excusa de entenderlo mejor, pero volveré a un libro a medias con el recuerdo de otro libro a medias. Todo esto me produce envidia en aquellos casos en que veo un libro de muchas páginas con una sección inaudita de referencias. Me pregunto en qué momento este autor tuvo tiempo de leer, anotar, ordenar y dar forma en un nuevo texto todas esas lecturas. Otra de las formas del privilegio ha de ser esta: la de ser capaz de leer a rienda suelta sin la preocupación por ganarse el pan. En mi caso, por ejemplo, es así: o leo o como. En esta vida no podría decir jamás: voy a tomarme un año sabático para leer. En la vida que heredé no hay ni años, ni meses, ni siquiera semanas sabáticas, solo trabajo. 


Termino de ordenar las notas. Inclino un poco la cabeza y doy con Dublinesca. Lo empecé a leer, fui paciente, me dejé ir entre las páginas. Al final debí admitir que no me interesaba. Que ese libro no resonaba conmigo y que en lugar de leer padecía. Lo saco de la sección transitoria del escritorio y lo pongo en la biblioteca junto con la narrativa contemporánea. Tengo que decidir qué hacer con él. No tendrá el punto adhesivo de la victoria quizá nunca. Y se unirá a la lista de libros leídos a medias a causa del aburrimiento. O quizá deba simplemente acabarlo y tener toda potestad de decir que es un mal libro. O quizá hay demasiados otros libros que podría leer en su lugar con pleno disfrute. En todo caso, lo dejo con las otras novelas españolas que heredé de mi profesor de español de bachillerato. 


Vuelvo a la mesa. Un pensamiento fatalista se me cruza: cuál será el libro que deje a medias no ya por la falta de tiempo sino por la consumación de mi tiempo. Cuál será el libro que no podré acabar porque ya no podré seguir leyendo. Qué decir de los textos que he escrito a medias. Porque de esos también tengo bastantes: empezados con entusiasmo y luego disueltos en la cotidianidad y en suma olvidados. A lo mejor todo texto es también la versión a medias de un proyecto original ahogado en por las circunstancias. No lo sé. Traigo el computador y empiezo a escribir: “Me siento a la mesa miro hacia la biblioteca. Paseo la vista por toda la colección. Los libros están ordenados en secciones que no responden a la razón sino al capricho…”. 


miércoles, 22 de abril de 2026

¿Dónde están los lectores?

A propósito de la lectura de Las cartas del Boom, se me ocurrió pensar en Barranquilla no como una infértil estepa cultural, sino como un espacio de oportunidad. Entreví en las cartas que Cortázar, García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa tenían una preocupación real por los lectores. Y no podía ser diferente, pues la base del éxito del Boom era el lectorado que consumía y distribuía sus obras. (Dije “consumir” y me arrepentí de inmediato, pero a falta de una mejor jerga, es la palabra que usaré). No digo que aquellos autores escribieran para agradar a sus lectores; en cambio, puntualizo que eran conscientes de que existía una audiencia que los leía y que prestaba atención a los premios, el cine y las revistas. Es decir, en su correspondencia se nota cómo los autores no solo se tomaban el trabajo de escribir, sino también de apuntar al circuito editorial de las traducciones, los congresos, las cátedras universitarias, la participación en política y la opinión pública. No eran, en todo caso, reservados artistas en la intimidad de su hogar escribiendo para sí y para unos pocos amigos. Todo lo contrario: sabían que para poder seguir escribiendo había que vender. Quizá esto que afirmo sea un obviedad, pero para mí fue un descubrimiento asistir a la trastienda del Boom. Crecí leyendo y admirando a estos autores por su obra literaria, pero no me había detenido a pensar en lo que implicó para ellos escribir las novelas que he disfrutado a lo largo de mi vida. O no los había leído a ellos mismos discutiendo sobre el tema. Pensar en los lectores no podía sino relacionarlo, entonces, con una ciudad en donde la lectura no es una costumbre extendida: la mía.

En mis años universitarios, la lectura era una preocupación de primer orden. No podía ser de otra forma, porque estudié para ser profesor de español en escuelas. La lectura es la principal aspiración de cualquier docente de lengua castellana: queremos que los estudiantes lean. En tantas clases sobre el tema, aparecieron dos conceptos que recuerdo porque consideré relevantes en su momento: la disponibilidad y el acceso. La disponibilidad se refiere al hecho de que los libros estén: que existan bibliotecas, librerías, espacios para la leer. La disponibilidad tiene que ver con el hecho de que exista un ambiente físico para leer y que haya material de lectura. A día de hoy la disponibilidad no es ya una preocupación. Al fin y al cabo, cualquier persona tiene un celular desde el que puede descargar libros e internet provee una manera gratuita y ágil de obtener la información, cualquiera que sea su nombre: libros, películas, videos educativos, cursos y un largo etcétera. El acceso, por otra parte, se refiere al conjunto de estrategias que tienen lugar para relacionar a los estudiantes (o al público) con los libros. El acceso tiene que ver con lo que se planifica conscientemente para guiar un proceso de introducción de la lectura en la cotidianidad de las personas. El acceso es una estrategia, una actividad con objetivos específicos, una política pública. Si no hay acceso o si no tiene una escala lo suficientemente colectiva, no habrá lectores.

Durante la lectura de Las cartas pensé en las posibilidades de que en Barranquilla existiera un amplio público lector. En lugar de tomar una posición punitiva sobre el hecho de que el común de la gente no lea, quizá sea mejor entender el fenómeno como una posibilidad. Entender al no-lector como un posible-lector. Tiene sentido, puesto que leer libros no se trata de una tendencia natural de nuestra especie. La lectura está enmarcada en un conjunto de hábitos que son culturalmente aprendidos y que dependen de unas condiciones especiales. Los lectores leen porque hay otros lectores en su familia, porque refuerzan sus amistades a través de los libros, porque encuentran en la lectura razones y herramientas para pensar mejor en el contexto en que están inmersos. Sin embargo, llegar a ser un lector consumado (espero que no se entienda que concibo la lectura como la panacea) es costoso: los lectores se forman por años en la escuela y en la universidad; y también en el seno de familias lectoras, que se regalan libros, que celebran las lecturas, que se relacionan con los autores y se identifican con lo que pasa en los libros, sin importar si se trata de novelas o libros de divulgación científica. Todo lo cual en una secuencia de decisiones y no una mirada pasiva de la realidad. Si lo aterrizo en mi caso personal: a mí me gusta leer, claro; pero hay momentos en los que yo decido leer, en que escojo la lectura por encima del cine y las series, o de la rumba, o de Instagram, o de hacer ejercicio y visitar a mi tía. Lo que quiero decir es que no hay un gusto implícito por la lectura per se, sino que también hay también elecciones reales.

Me faltan unas cien páginas para acabar de leer Las cartas del Boom. Hay otros temas que también han sido removidos y repensados por este libro, y que esperaría tratar en otras columnas. La pregunta de esta disertación en tres párrafos es consecuente con el razonamiento que he seguido hasta ahora: ¿quién se va a tomar el trabajo de crear espacios de acceso a la lectura en Barranquilla?

Nota final:

Había escrito esta columna y luego vi esta publicación. Quizá ahí está respondida mi pregunta. 

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