viernes, 3 de abril de 2026

Hienas

El año inició con la amenaza de las hienas. La nueva nómina de docentes del Liceo Cristiano Campestre incluía a los profesores de química, sociales y educación física. Y a mí. La entrevista había sido rápida y la contratación les llevó apenas dos días. Me había vinculado a ese nuevo empleo apenas antes de que comenzaran las clases. Apenas sentí nervios cuando llegaron las pequeñas vans colmadas de estudiantes. Se les ordenó sentarse en sillas plásticas afuera del edificio y a la sombra de tres carpas alineadas una detrás de otra. Luego de los protocolos de apertura, los himnos locales (que yo desconocía) y la oración, nos tocó el turno a los docentes nuevos. Fui la última en ser anunciada:

Este año nos acompañará la profesora Triana Clavijo, directora de grupo del grado séptimo y docente de inglés.

Cuando el coordinador acabó la presentación, tuvimos que esperar a que los estudiantes se callaran. Los profes estábamos de frente al alumnado. Era una pequeña tarima, apenas más alta que el suelo. No podía ver a nadie en particular, sino a la masa de estudiantes de todas las edades, apenas distintos unos de otros. Nicole estaba entre esa pequeña multitud. Los estudiantes nos olfateaban, medían sus expectativas y generaban sus hipótesis acerca de nosotros. Antes de irnos al salón hubo un último anuncio del coordinador:

Recordemos estudiantes y profesores y colaboradores que tenemos el problema con las hienas. Ya se está solucionando, pero la advertencia es que no salgamos de los caminos pavimentados y que si vemos una avisen inmediatamente…

Estábamos a las afueras de la ciudad. Yo debía coger Transmilenio hasta el portal norte y de ahí otro bus hasta una entrada al costado de la vía principal que daba a varios colegios. “Pavimentado” no era más que un decir, porque en realidad el camino era más un polvorín que una verdadera calle. Al bajarme del bus tenía que caminar veinte minutos, entre potreros y entre la maleza aledaña de los humedales. Hora y media era el total entre mi habitación de estudiante y el trabajo. Se creía que las hienas habían desaparecido por la colonización de toda aquella área, pero ese año había habido una sobrepoblación de una especie dividida en varias jaurías hambrientas.

      …si las oyen, si las ven, no se les acerquen. No podemos caminar por otra parte que no sea el camino de pavimento. Nosotros hemos instalado ya cincuenta trampas en el monte y en todo el alrededor del colegio, por eso debemos ser precavidos.

Me dirigí al salón con treinta desconocidos a mis espaldas.

Aquellos no eran los niños con los que había crecido, antes, cuando yo era estudiante de bachillerato. Nosotros éramos hijos de la clase trabajadora sin estudios, ellos lo eran de una clase media educada con buenos salarios y apartamentos en el norte de la ciudad. Creo que esta es la razón por la que me costaba ser empática con ellos. Además, yo había escogido ser profesora simplemente porque me gustaba saber cosas y me había parecido que enseñarlas era una manera de que permanecieran conmigo, a salvo del olvido. Lo de educar hijos ajenos lo veía como un efecto colateral. No odiaba a los niños, pero no tenía por ellos el apego maternal que notaba en otros profes. No les profesaba cariño, ni fe, ni amistad. En consecuencia, tendía a tratarlos como adultos, a darles cualquier información a secas, a hacerles ver que había consecuencias por nuestros actos y no por principios morales fundamentales. Cuando un niño venía con una queja de la que yo no me habría dado cuenta le decía: “Nadie respeta a los sapos. Ni siquiera quienes se benefician de su información”. Yo era una libertaria en el salón de clases: no los constreñía por el uso del uniforme, ni porque no prestaran atención, ni los obligaba a sentarse en un sitio distinto del de su escogencia. Pero también tendía a organizar pequeñas venganzas contra quienes se interponían en el desarrollo de mis clases. Cuando conocí a Nicol supe que sería un problema.

Nicol había perdido el año anterior y la habían obligado a repetir séptimo. Era una niña mona, activa, inteligente y con ambición. Pero por alguna razón disfrutaba del caos. La primera vez que cruzamos palabra yo estaba intentando encontrar un marcador. Era el primer día, luego de la formación. Los salones eran una caja con pupitres de tabla y varilla, con solo una pequeña mesa para el profesor, un tablero y un videobeam. Aquello me dio a entender que los dueños del colegio eran todo menos pedagogos. No había marcadores en ninguna de las gavetas del pequeño pupitre. Pregunté en voz alta si sabían dónde podía encontrarlos. Nicol alzó la mano y me indicó que había un cuarto con todos los útiles al final del pasillo y que los profes regularmente cogían lo que querían de allí. Salí por un momento, me dirigí a la puerta del fondo, pero al abrirla me encontré con un inodoro olvidado cuya única función era contener los orines de los chicos escapados de clase. De regreso al salón todos me esperaban para ver mi reacción. Entré con una sonrisa y me juré, acto seguido, que la malparidita la pagaría. 

Fuera del colegio yo había comenzado a salir con Francisco. Era culto, atlético y tenía un empleo que triplicaba mi salario, por lo que viajaba todo el tiempo: Tampa, Seúl, Lima. Nos conocimos en el Museo Nacional, a la salida de una exposición dedicada a las hienas como especie introducida por el narco. En realidad, yo había ido al museo con otro tipo, pero había sido una cita tan aburrida que terminé en una conversación sobre nuevos anglicismos en el español de Colombia… con Francisco. Me pasaba, sin embargo, que no quería acostarme con él.

Quien sí que se acostaba con un chico de décimo era Nicol. Zapata: me caía bien, era algo vago, pero se esforzaba en cumplir y sabía qué botones apretar para culminar las materias con buenas notas, aun sin el esmero de un buen estudiante. Era buen futbolista, por lo demás. Nicol y Zapata se me perdieron de vista en el recreo a mitad de junio. Francisco me había invitado a su apartamento, pero yo lo había rechazado con la excusa de que tenía que estudiar para mis clases de la maestría. Subí las escaleras del edificio, deambulé por los salones del segundo piso y tomé las escaleras hacia el tercero. Me asomé por cada una de las puertas en silencio, sin ir a alertar con un llamado del tipo «Nicooooool» o «Zapaaaaaata». Tuve sigilo en acercarme a la puerta del final del pasillo. Abrí de un tirón y la luz iluminó la cara de Zapata hundida en el pecho de Nicol. Di un paso atrás, sin expresar nada con el rostro, cerré la puerta y me recosté en la pared mirando al techo. Ambos salieron, me dieron un vistazo y se dirigieron con toda seriedad al patio. No se me ocurrió llamarles la atención, ni acusarlos ante la coordinación, ni contactar a sus padres. Solo tuve una idea: ahora sé algo con lo que te puedo chantajear, perra. Al final no fue necesario, sin embargo. 

A pesar de las advertencias del coordinador, a veces yo salía de trabajar y sin que nadie me prestara atención caminaba unos quince minutos por el monte y hasta un claro en que había una roca muy grande que me servía para estar sola. Me sentaba encima de ella, a un metro del suelo y a veces fumaba tabaco. Supuse que yo no era la única que lo hacía, pues la piedra estaba rayoneada con las típicas inscripciones adolescentes y encontraba con regularidad colillas, paquetes plásticos vacíos o latas aplastadas de cerveza. Lo bueno era que por allí no pasaba gente, no había cámaras y la vegetación funcionaba como aislante del sonido de adentro y como barrera del sonido de afuera.

Odiaba trabajar en el Liceo. Los compañeros nuevos eran interesantes y cada uno sabía mucho sobre su área, tanto que a ratos me sentía atraída por la matemática o la química y con ganas de aprender más tras hablar con alguno de ellos. Sin embargo, había unas estructuras de poder no reconocidas pero que operaban y los profes más antiguos sentían la necesidad de mostrarse superiores a los recién ingresados. Había una chismosería latente todo el tiempo. Encima yo tenía que cubrir a mi jefe de área cada vez que no aparecía los jueves. Eso y tener que coger rabia de lunes a viernes en un salón de clase me tenía drenada. Con el agravante de que el sueldo era un miseria de la cual no huía por el simple hecho de que este era el único trabajo que cuadraba con el horario de mis clases en la universidad. Para colmo, Nicol no daba tregua: se metía en peleas, hacía llorar a los chicos del salón con sus incisivas burlas y seguía de amores con décimo grado, no ya con Zapata. Todo ello me hacía caminar hasta el claro del bosque, con hienas alrededor y todo, y fumar en soledad. Aunque para ser honesta, más de una vez debí salir corriendo de allá luego de oír a lo lejos la risa medieval de las hienas.

A finales del semestre Francisco me invitó a una cabaña en Guatavita. Tomamos el bus cerca de la Universidad Pedagógica, subimos la montaña y llegamos antes del mediodía. Caminamos por la pequeña ciudadela del centro del pueblo tomados de la mano. Yo no había sabido qué era un novio en años, luego de mis aventuras en el pregrado. Pero Francisco me tenía en sus manos por su buen trato, su poca urgencia por follarme y sus referencias infinitas a los libros, la historia y el cine. Si no era amor, se parecía lo suficiente. Había desarrollado la idea de que podía basar una relación romántica en el respeto mutuo y no solo en la pasión. No sé por qué, pero yo sentía que, si tirábamos, la mística se desvanecería. Por la noche me invitó unos cocteles que resultaron más potentes de lo que yo habría estipulado y me emborraché tanto que bailamos merengue en ese hotel a la vista de otras dos parejas. Ya en la cabaña, Francisco me besó y le correspondí, pero lo rechacé cuando su mano subía hacia mis tetas.

El lunes llegué al colegio y lo primero que me dijeron fue: Nicol le vendió bareta a un chico de once. Era notable cómo la pendeja no me daba descanso. Pasé a la enfermería y me encontré con el chico de once en un estado que a mí me habría gustado habitar: sonreía recostado en la camilla, seguramente sintiendo cómo las ondas del mar hacían eco en su cuerpo. Subí al salón. Nicol no soltó una sola palabra en mi presencia y se mantuvo con la mirada fija en el suelo y los brazos cruzados. El coordinador me extendió un vaper amarillo, transparente, parecido a un resaltador que era lo que el chico había inhalado. ¿De dónde lo había sacado Nicol? Fue un misterio que quedó por resolver, porque al día siguiente cuando me reuní con sus padres para explicarles la situación ya la chica me había sacado la delantera y vinieron con el discurso prefabricado de que era un equivocación, que era una calumnia que SU HIJA fuera acusada de darle drogas a los COMPAÑERITOS del colegio. Ni siquiera discutí. Les dije que hablaran con el coordinador, si querían: yo solo les estaba informando de qué había sucedido. Fue por esta razón y no otra que me quedé con el vaper. Ellos no lo habrían aceptado, de todas formas. Lo guardé en mi cartuchera, junto a los colores, lo lápices y los plumeros.

En el pregrado había amado la literatura con devoción. Yo leía con disciplina autoimpuesta, incluso cuando lo que leía no me apasionaba, no me conmovía, no era más que letras corriendo ante mi vista. Sin embargo, llegada la hora no me decidí por la literatura para continuar los estudios de posgrado. Me decanté por la lingüística y me fui a Bogotá a ser la mejor estudiante del Instituto Caro y Cuervo. Claramente, no lo logré. Y lo que sí obtuve, en lugar de una tesis laureada, fue un síndrome de cefalea tensional que no me dejaba ni siquiera acostarme con el tipo que me gustaba. Jamás me sentí tan miserable como en aquel año de profesora de bachillerato. La siguiente de Nicol fue crear un perfil en Instagram para ventilar cuanto chisme, noticia, denuncia y foto de estudiantes o profesores mal parqueados. Hubo un reunión general de profesores en la que el coordinador nos encargó encontrar culpables y aplicar sanciones. Nicol nunca admitía nada de lo que hacía, por lo demás (hija de sus padres, pensé). Pero yo sabía que había sido ella. Publicaron este comentario sobre mí: «La profesora Triana quiere levantarse a medio colegio, desde los profes de matemáticas y química hasta los estudiantes de once». Incomodaba aunque no fuera cierto.

A mitad del siguiente semestre, el daño del 2023 empezaba a notarse en mi rostro: tenía ojeras, estaba flaca, extrañaba a mi familia y, aunque contaba con Francisco, a veces no quería ni verlo. A finales de octubre celebramos Halloween en el colegio. Fue una jornada de gran actividad, con los estudiantes dando rondas por todo el edificio disfrazados de princesas, Messi, Lilo y Stitch, Drácula y Pasión de Gavilanes. El día culminó de forma atípica porque eran los padres quienes debían ir por sus hijos a la salida, no las vans de todos los días. Aproveché la confusión para despedirme a la carrera e irme a internar en el monte, en la roca. Estaba leyendo El tonel de Amontillado cuando quise resaltar el párrafo que decía: «Apenas había colocado el primer trozo de mi obra de albañilería cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado y salió de la profundidad del nicho». Busqué en mi maletín y metí los dedos entre la cartuchera, pero en lugar de sacar el resaltador apareció en mi mano el vaper cannábico. Lo miré con distracción, hice una mueca de “por qué no” y aspiré. Tosí un par de veces y cuando levanté la vista divisé a Nicol acercándose por la entrada del claro. Maldije. Me escabullí detrás de la roca y me puse de cuclillas con el libro en una mano y mi morral en la otra. Nicol se sentó donde yo había estado y sacó otro vaper. Aspiró una, dos, tres veces, tosió y fue entonces cuando salté de mi escondite: «Mejor dejas de hacer eso». Ella se petrificó, escondió el vaper, me miró con desconcierto y huyó. Salió corriendo por entre la maleza. Me fui detrás suyo con mis cosas en las manos, gritando para dónde vas. No pasaron dos minutos hasta que comencé a oír las risas de las hienas a lo lejos, mientras intentaba alcanzar a una niña de catorce años en la vegetación. En un momento se me cortó la respiración y me detuve. La había pedido de vista. Comencé a poner mis cosas en orden: el libro, el morral, mi pelo. No había terminado cuando sentí un rayo de luz subir por mi espina y alcanzar mi cerebro. Allí estaba yo: sudada, perdida, habiendo presenciado cómo mi estudiante se drogaba con la misma droga que ahora me invadía. Un éxito yo. Volví sobre mis pasos mirando a mi alrededor, pero no reconocía nada. No había camino que seguir y caminar en dirección de la roca era imposible, no solo porque estaba trabada sino porque orientarse era difícil sin puntos de referencia. Saqué el celular y no tenía señal.

Caminé unos minutos hacia donde creía que podía encontrar el claro, pero luego de un rato me cansé. La luz de sol se disolvía y yo entraba de nuevo en mí. Me senté un momento, estiré las piernas, me abrigué. Me había puesto a enumerar el listado de decisiones que me habían llevado a ese humedal cuando escuché el crujir de unas hojas. Miré en esa dirección. Era Nicol, maldiciente, que volvía a mirarme aterrada y a salir corriendo. La seguí de nuevo, pero lo siguiente que oí fue el crepitar de sus huesos, el chirrido metálico de la trampa y su aullido de dolor. Me acerqué para constatar que tenía sangre en la falda del uniforme, la pierna atorada entre los dientes metálicos unidos a una cadena amarrada con candado a un árbol. Me miró con rabia, pero luego se enterneció y me extendió la mano. Yo me acerqué, me agaché y examiné la herida. Era grave. Sangraba mucho y tenía la carne del tobillo en ripios. La miré al rostro y me levanté muy lento. Ella me vio con desconcierto. Me alejé lo suficiente para escapar de su alcance. Cuando al fin se percató de lo que sucedía, gritó: «Perra, desgraciada, por eso te mando a ver miados en el baño en que nos espías, enferma». Le di la espalda. Oí mi nombre a gritos mientras salía de allí. Marché por unos minutos y fui a tener a un camino polvoriento que reconocí. Ya era casi de noche y la penumbra parecía salir del monte mismo. Volví a enrumbar hacia la avenida principal, lejos de la vegetación, la roca y Nicol.

Casi llegaba cuando me interrumpió la risa de una hiena que no estaba en la distancia como antes. El animal me salió al paso, mirando con ojos de rabia y caminando de costado. Estaba a menos de tres metros de distancia, sola. Me quedé en una sola pieza. La hiena se paseó sobre sus pasos y gruñó en mi dirección. Su ojos de perra no dejaban de verme. Se dirigió hacia mí. Esperé lo peor. Me olfateó y rodeó un par de veces antes de perder interés y largarse. Volví a la realidad para darme cuenta de que había sudado por encima de mi camiseta, el brasier y el buzo que traía puestos. Salí a la carretera y llamé a Francisco. Le dije que quería verlo esa noche. Me di un largo baño en su apartamento. Salí de la ducha y lo encontré leyendo en la cama. Jamás había deseado tanto a un hombre.

Encontraron a Nicol tres días más tarde. Tenía la pierna hinchada, los labios secos y la mirada perdida. Las hienas le habían arrancado un pedazo de cuero cabelludo y tenía marcas de dientes en los brazos y la espalda. Pero vivía. Sus padres anunciaron acciones legales contra el colegio. El revuelo del incidente no afectó mis clases, sin embargo. En la universidad me siguieron exigiendo sin la misericordia propia de los humanos. Mi contrato acabó en noviembre. Salí del liceo sin ganas volver por allí. Al año siguiente, regresé a Barranquilla, con Francisco. Jamás volví a saber de Nicol.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Flumen

Cuando mis padres se divorciaron, me fui a Medellín.

Antes de ser el mejor estudiante de la promoción, antes de sacarme la beca del gobierno, antes de inaugurar mi nueva residencia en la ciudad con un premio literario local, yo había sido segundo lugar en el concurso de matemáticas del Atlántico. Hacía años que ocupaba aquel puesto. En cada condecoración, en cada cambio de grado, siempre que había que competir con alguien por el primer puesto, Tania Molina me sacaba la delantera. En el concurso departamental de matemáticas me había sobrepasado por dos puntos. La premiación fue pública y los jurados leyeron en regresiva los puestos ganadores. Cuando llegaron al segundo lugar, yo tenía los ojos cerrados y susurraba «…no digas Ulises, no digas Ulises, no digas Ulises…».

- ¡Ulises Peña! ¡Segundo premio!

Maldije. Para empeorar, tenía claro cuáles eran las dos preguntas que había respondido mal, las había repasado en mi mente y encontrado el error. Miré a Tania sonreír junto a su familia. Mi mamá sabía ya qué se gestaba en mi interior al voltear en mi dirección. Ni siquiera intentó consolarme. A partir de entonces, mi determinación fue absoluta: si no podía ser tan inteligente como Tania, al menos sería más estricto conmigo y lucharía por emular los dones que no había heredado. Al año siguiente era yo el que posaba frente a los recién graduados con el cartón del primer puesto del ICFES. Tania estaba feliz por haber ocupado el segundo lugar, una posición que me hizo perderle el respeto. Por entonces esas cosas me importaban. Con el puntaje que había obtenido podía aspirar a una carrera cara en una universidad privada. En realidad, mi prioridad era salir de Barranquilla. Opté por un cupo en la Universidad de Antioquia; estudiaría para ser docente de idiomas y les ahorraría a mis padres la discusión sobre quién iba a quedarse conmigo. Tenía dieciséis años.  

 

Fumar me produce dolor y apenas tengo veintinueve años. Tardé en aceptar que eran los cigarrillos la causa del peso en la espalda alta, de los ahogos en mitad de una oración y de la presión en el pecho. Había comenzado a fumar, beber y drogarme al inicio de la carrera, pero en ese entonces mi cuerpo no hacía eco de ninguna consecuencia más allá de los estados alterados. Ahora trabajo desde casa, apenas salgo y ahogo mi tiempo leyendo y tomando apuntes sobre cualquier tema: la evolución de los mamíferos, el arte de Francisco Antonio Cano, la historia de la lectura, las películas de Celine Song. Tengo una vida bastante inalterada y, de momento, no sufro. Pero mi existencia se ha enmohecido y ya no brilla.

 

En Barranquilla yo no había salido de juerga, ni conocido peladas, ni me había emborrachado. Mis únicas rutas posibles eran de mi casa a la escuela y de vuelta; urdía los libros hasta los límites de la salud e intentaba no perder el foco de todas las materias del colegio; era completamente ignorante de la música que se oía en la calle, las fiestas, en el carnaval. En Medellín, todos esos años de lento descubrimiento, de engaños a tus padres para salir a rumbear, fumar a escondidas y tomar sin querer que te pillen, me abordaron en apenas un semestre. Conocí a Adriana demasiado pronto. Había crecido en un pueblo cerca de la ciudad; sus padres vivían una relación extraña, entre la conveniencia y el amor, por lo que no se sabía qué tan juntos estaban; era la menor de tres hijos y la única mujer; leía sobre todo ficción; y venía de una clase media venida a menos, como yo. Nos conocimos en clase de pragmática, en el tercer semestre. Me impresionaba el hecho de que la tipa hiciera las mismas preguntas que yo había preparado de antemano para la clase, luego de leer el texto asignado. En mi imaginación, su mente debía funcionar parecido a la mía, pues llegábamos a clase con interrogantes parecidos. Y por eso me gustaba. Le hablé al poco tiempo. Y comenzamos a salir antes de la vacaciones de mitad de año. Yo debía ser una curiosidad de mausoleo. Abstemio, no me gustaba el vallenato, no bailaba, no había probado ninguna droga. Virgen, por lo demás. Adriana vibraba, en cambio, de vitalidad. Su cuerpo era la prueba: ágil, tersa, con los dientes parejos y blanquísimos y los ojos aguzados. Me llevó por los sitios más icónicos del circuito estudiantil de la UdeA y de la Nacional, me enseñó a bailar salsa y bachata, me incluyó en el remolino de su familia, me abrió a su cuerpo y al mío.

 

«Puedo llevarte al pasado» me suelta Juan Pablo una tarde de diciembre. Juan: único hijo de sus padres, quienes planearon tenerlo durante años, lector de divulgación científica unas pocas veces al año, clase media alta de las afueras de Medellín y arquitecto de profesión, tras de haber empezado dos carreras universitarias bastante diferentes entre ellas. «Lo descubrí hace poco y ya he hecho el viaje twice. Arreglé un par de cosas que creía que me iban a seguir siempre, con la única condición de que mis yos anteriores tienen el compromiso de seguir viajando, tú sabes para evitar la paradoja». Barajo la posibilidad de que he sido amigo de un esquizofrénico desde que llegué a la ciudad. «Esa fue mi reacción también, no creas. El camino es relativamente sencillo… en tu condición quizá un poco más difícil, pero realizable. Te puedes quitar la enfermedad de encima». Me encarnizo. No me gusta que jueguen con ese tema, sobre todo cuando he comenzado a aceptar mi destino. «No te alteres, viejo Uli… confía, marica, que todo puede salir bien».

 

Adriana estaba en todas partes. En mi foto de perfil, en el recuerdo madrugado de la noche anterior, en el vaho de su cuerpo sobre mi cama, en todas las expresiones de los rostros ajenos. Conocía ya el ritmo de su respiración cuando finalmente se quedaba dormida, los brotes de llanto al intentar decirme algo que conectaba con sus emociones, el olor de su ropa sudada, la manera en que combinaba los yines, las camisetas, los tenis. Nuestros nombres juntos fueron una región a la que nadie nunca entró. «Te conozco» le decía si nos quedábamos en cama en las tardes vacías de domingo, que ella detestaba. «Yo a ti», respondía. En ese pequeño territorio compartido ella era mi frontera y yo la suya. Y siempre íbamos contrarreloj. Las clases de la universidad pasaron a otro subplano cuando aprendí que los semestres podían aprobarse sin necesidad de perseguir la excelencia. Trabajaba aquí y allá y avanzaba sin mérito en la carrera solo para cumplir un único propósito: rumbearme la vida con Adriana.

 

Juan me envía a mi celular una ubicación al extremo sur de Medellín. Está al inicio de las montañas, aún alejada de las filas de conjuntos residenciales que expanden la ciudad. Cojo el metro, me bajo en La Estrella, luego agarro un bus, un jeep y camino por un trecho rocoso. Encuentro la casa en la que me esperan. Un muchacho de unos veinte años me guía en silencio hacia el filo de una falda montuna. Le pago y me oriento por el ruido del agua. Le doy la razón a Juan durante todo el camino: llegar hasta allá me cuesta varias pausas, cansancio y sudores fríos. Me tiemblan las manos cuando por fin arribo. Juan está esperándome con la sonrisa de un niño listo. Me indica que me quite la ropa y que camine hacia el agua. En una roca lavada por la corriente hay una inscripción: EODEM UNDE DISCESSERIS FLUMEN TE REDUCIT. El agua fría se filtra por las venas de mis músculos. Comienzo a flotar río abajo y Juan se hace de vez en vez más y más pequeño. Quiero mirar hacia atrás y buscar al yo que fui. Algo se quiebra en mi percepción mientras floto. No se trata de una alteración, como la de los hongos, sino una aceleración: no me deslizo sobre el tiempo, sino que lo traspaso mientras me disuelvo en el agua, corro, golpeo y me reagrupo. Un sobresalto me trae de vuelta a la realidad. Parece que no me he movido ni un palmo. En la orilla Juan no está; en cambio, un niño se acerca y me recibe con una toalla. No se me ocurre preguntar por Juan porque la respuesta me atemoriza. De nuevo miro las letras talladas en la roca. El niño advierte mi curiosidad y dice: «Significa que este río te lleva a la ribera de la que partes». Tiene un rostro conocido.

 

Yo vivía cerca de la universidad en una de las tantas pensiones estudiantiles que han visto madurar generación tras generación de estudiantes advenedizos. En mi habitación tenía una cama, un escritorio y una biblioteca. Mi clóset eran unos tubos metálicos comprados en internet y sostenían dos yines y tres camisas. Mis libros sumaban en plata blanca más que todo el resto de mis cosas. Jamás dejé de comprarlos. Adriana experimentaba cierta ternura por aquella parte de mí: ese nerd innato que había hecho de un concurso de matemáticas sin importancia una forma de vida. El resto del tiempo se nos iba en salir: a caminar, a rumbear, a conocer nuevos sitios, nuevas personas. Adriana había dominado una parte de mí con su fortaleza física: nunca se enfermaba, no tenía resaca, sonreía todo el rato y me estrechaba como si fuera el enfriamiento final del cosmos cuando tirábamos. En realidad, nunca dejé la universidad y, a diferencia de ella, yo sí me gradué. Pero aquellos años juntos dilataron mi estadía en la UdeA con tantas pepas en tantos sitios, rayas, humos, tetas, noches. Adriana tenía permitido besarse con quien quisiera, siempre y cuando solo follara conmigo. También yo podía hacer lo que quisiera, según ella. En el fondo, creo que nunca sintió celos, que era una persona incapacitada para sentirlos y por tanto ciega ante la perspectiva de que podía provocarlos. Tardé años en dejar de decirme que nuestra relación estaba bien porque no era convencional. Una noche tocaron a la puerta tardísimo. Era ella. Estaba eufórica, aunque triste. Se quedó dormida en mi cama, sobre mi regazo. Sentí algo de pudor y acaricié su pelo solo para encontrarme con el pegoste de semen seco de alguien más. Luego me enfermé.

  

El niño me guía hasta la misma casa de antes. Ahora está pintada con un color distinto. Me dan a vestir con la ropa de alguien del campo: yines, camisa holgada, unos botas gastadas, una gorra. Percibo al mismo tiempo la familiaridad y la extrañeza cuando tomo el metro hacia la Universidad de Antioquia. Todo está intacto, pero es un mundo ajeno, dejado atrás y olvidado. La realidad se corta con el filo de un país dividido. Sé de qué noche se trata porque no hay otro tema en los medios: gana el No en el plebiscito. Me dirijo hasta La Curva, que es donde sé que estoy luego de conocer la noticia. Adriana y yo estamos tristes: sentimos que la posibilidad de un país en paz se nos escapa, de nuevo. Me bajo en la estación Hospital y desciendo un par de cuadras entre el gentío, los vendedores de libros y revistas, los puestecitos de comida frita, los estudiantes, los punketos. Yo siempre me alejo para fumar y reflexionar un poco. Espero, entonces, verme salir del grupo y encender un cigarrillo. El costado izquierdo, justo entre mis costillas, me duele como si dentro la hinchazón fuera a reventar. Me veo salir y me acerco a mí. No llevo pensado decirme todo lo que he hecho para llegar hasta aquí. Lo único que quiero es reencontrarme conmigo y decir las palabras exactas para que la maldición de la enfermedad desaparezca, nunca ocurra, ni me mate. Cuando saco el encendedor del bolsillo de la chaqueta, oigo mi voz: «Lo mejor que puedes hacer es dejar de sorber ese cigarrillo e irte a casa». Quienes te quieren lo entenderán. Sé que estás cansado. Sé que ni tan en el fondo todavía anhelas la gloria y la excelencia, pero créeme: estás lejos de ella. ¿Te acuerdas? No fumes, no bebas, ni te drogues, en esta profesión necesitas todo el cerebro que tienes». Una pausa. Me miro con algo de curiosidad. Busco entre mis bolsillos y me respondo: «Perdón, no tengo moneditas».

 

Me gradué de la universidad con quince años de más en el cuerpo. Tenía ojeras permanentes, arrugas en las esquinas de los ojos y mi sonrisa se había transformado en una mueca irónica. No solo no me reconocían los demás, sino que yo mismo tenía problemas para descifrarme en el espejo. Tenía un peso permanente en la espalda. Una punzada crispaba mis músculos cada vez que respiraba y mi corazón se llenaba de aire si inhalaba profundo. Yo había tratado mi cuerpo como un parque de diversiones y me había sentido orgulloso de aquella carrera en contra de la mediocridad. Era obvio que acabaría por sufrir algún tipo de consecuencia en mi salud, pero yo seguía viviendo como si fuera inmortal. Vivía así porque no había una buena razón para no hacerlo: yo no quería dinero, ni ser recordado, tampoco creía en Dios ni en el destino. Además, nadie me detenía. En Medellín fui libre por completo. Apenas una vez un tipo pobre, triste y cara de ruego pareció preocuparse por mí en plena calle y citó mal la primera regla de Stephen Vizinczey: “No beberás, ni fumarás, ni te drogarás. Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes”. Lo recuerdo por eso. Adriana se salió de la universidad y lo último que supe fue que había montado un pequeño hostal en Guatapé, donde comía hongos a sus anchas.

Después de que las consultas médicas se convirtieron en algo habitual, conocí a Sandy. Católica y con pasión por el cuidado de los demás, quizá la razón por la que nos casamos. Nuestro matrimonio duró dos años y por poco me convirtí en papá. Luego de nuestro divorcio seguimos siendo amigos e incluso me invitó a su segundo matrimonio. No asistí, aunque habría querido. La fecha coincidió con una de mis temporadas en el hospital. Hace poco Juan Pablo me dijo que tenía algo que contarme.

lunes, 26 de mayo de 2025

Comentarios sobre El sueño del celta


La muerte de Mario Vargas Llosa me agarró releyendo El sueño del celta. Yo estaba en el aeropuerto de Cartagena, a punto de volar hacia Medellín, durante mis vacaciones de este año. Fue una noticia sorpresiva. “La muerte de Vargas Llosa delimita el inicio de un cambio de era”, pensé exaltado.

El sueño del Celta es la novela histórica y biográfica de Roger Casement: patriota irlandés, defensor de los derechos humanos, viajero de aventuras, homosexual. Casement vivió en África durante la primera etapa en la colonización del Congo y denunció los abusos cometidos por un régimen que se publicitaba en Europa como el adalid del progreso en suelo africano. La experiencia se repitió en las caucheras del Putumayo, en la frontera entre Perú y Colombia, donde la Casa Arana impuso un régimen de esclavitud a la población indígena que fue denunciado por una comisión británica de la que Roger Casement tomó parte. El libro narra la historia de una vida plena de grandes proyectos, los altibajos constantes de un personaje convencido de ciertos ideales emancipadores y con una imagen manchada por la campaña publicitaria que giró en torno a su orientación sexual, en una sociedad donde ser homosexual no solo era un horror sino también un delito.

Es la segunda vez que leo la novela, como dije. Hace muchos años me entusiasmé con la idea de hacer un podcast sobre el Congo belga y el régimen de Leopoldo II, pero nunca terminé de cuajar el proyecto. Sucede que la historia tiene demasiadas aristas, y hay un número muy exigente de temas asociados y nuevas perspectivas en cada capítulo y cada sección. Bien pudiéramos hablar sobre el Congo, el Putumayo, la persecución por orientación sexual, el colonialismo, la Gran Guerra, Europa y el resto del mundo.  En aquella época hice incluso una selección de libros relacionados con El sueño del celta: El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad; King Leopold’s Ghost, Adam Hochschild; Autobiografía, Henry Morton Stanley; La vorágine, José Eustasio Rivera. El sueño del celta es una novela en la que todo el tiempo están sucediendo cosas, la vida de Roger Casement no parece haber tenido largos periodos de paz y en cambio haber sido una existencia vibrante.

Para cerrar no quisiera hablar de defectos del libro, sino de los retos que puede tener para el lector. Puesto que es un libro histórico y biográfico, la narración está llena de nombres y de fechas, que obligan a tener la memoria activa y cierta regularidad en la lectura. El riesgo de tardar una o dos semanas en volver al texto es el de olvidar quién es quién y en qué fechas exactas está sucediendo la acción.

sábado, 6 de abril de 2024

Dos historias sobre la librería Morisaki

 

Imagen tomada del IG de la editorial:
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“Me caso”. Debería haber sido un anuncio importante. Palabras dichas como una extensión de la felicidad. O al menos una confidencia pudorosa. Fueron, por el contrario, dos vocablos dichos a la ligera, sin ninguna preocupación y de un momento para el otro. Takako apenas entendió qué venía acompañado de aquella información: era el novio de hacía un año quien se la donaba. El nudo del estómago apenas le permitió responder: “Bien, me alegro por ustedes”. El tipo acabó la conversación con un: “Oh, gracias. Pero no te preocupes, Takako, tú y yo, siempre podremos vernos” (¡!). Esta corta escena es el móvil de la historia en Mis días en la librería Morisaki y Una velada en la librería Morisaki, su secuela. La obra es el recuento de lo que vino después de la ruptura con Hideaki, el futuro esposo. La posterior renuncia al empleo (el man era compañero trabajo y la prometida era también de la misma compañía), el reencuentro con el viejo tío Satoru, la estancia en la librería, el descubrimiento renovado por los libros, la reparación del amor y la aceptación de la muerte.

La dupla de la librería Morisaki está narrada desde un punto de vista personal. Takako expresa la forma en que entiende aquello que experimenta, explica las razones por las que actúa de una u otra forma y describe el mundo a su alrededor según lo va tanteando. En este sentido, el ritmo de la novela es su mayor virtud. Los eventos se suceden de forma natural, aunque por momentos estén llenos del carisma de la tragedia, el sufrimiento o la alegría. Se trata de una lectura que sosiega el mundo del lector y hace del recuento una parte de la vida cotidiana. Algo que todos podríamos sentir sin diferencias de origen, edad o profesión. Diría que, si uno se encuentra en medio del caos, la cotidiana ausencia de calma, esta es una novela perfecta en apaciguar el ruido exterior. No es descabellado sugerir que el mismo Satoshi Yagisawa, autor de los títulos, pensaba así al momento de su escritura. En un breve video promocional de la editorial Plata afirma: “Espero que puedas sentirte identificado y en sosiego con este libro”.

Buena parte de los volúmenes gira alrededor del mundo del libro. Quizá sea esto lo que produce el eco que tiene en los lectores asiduos. O quizá esa sea la explicación por la que a mí me gustó tanto. En todo caso: Takako se pasa a vivir a la planta alta de la librería Morisaki, regentada por un viejo tío que no veía hacía una década, pero que le guardaba absoluto cariño desde que naciera. Es en ese ambiente literario y de mercadeo donde se reencuentra con los libros y la lectura. Leer termina por ser el vínculo con la reconstrucción del amor; que había quedado tinieblas por la experiencia con el tal Hideaki. Me apasionan los personajes que leen porque me recuerdan que la lectura no es una actividad de almacenamiento informativo. Es decir: no leemos por los recuerdos, las ideas y los conceptos que el papel expresa y nos transmite. Leemos para aprender, sí; pero leemos también para experimentar la lectura. Leer es confrontar los recuerdos, evocar las ideas, poner en funcionamiento ese banco lingüístico, emocional, vital, que todos cargamos dentro. No es que Takako halle la respuesta en los libros, pero los libros agencian ese mejor estado posterior a la ruptura amorosa que la deja inmóvil ante su propia existencia.

Ambas partes de la historia, Mis días en la librería Morisaki y Una velada en la librería Morisaki, son novelas cortas, casi hechas para leer de un tirón y perfectamente disfrutables. En últimas, se trata de una narración acerca del valor de los libros, los lazos familiares y los amigos en la construcción personal de la resiliencia. 

 

Nota final: Así se adquirió el libro

"El sábado pasado, por fin, vi a Lina, mi amiga de la maestría. Hacía dos semanas que no quedaba con ella y lo cierto es que me hacía falta (aun sin saberlo) que habláramos sobre libros y música. Esta vez fuimos a un centro comercial y allá se reunió Nando, amigo de ambos, con nosotros. Dimos un par de vueltas y jugamos en las maquinitas por un par de horas. Lo importante vino cuando entramos a una librería que había allí. Se trata de un pequeño local de dos pisos, con ambiente de librería de volúmenes nuevos, es decir, bien iluminada y colorida: El callejón librería. La muchacha que nos atendió sacó Una velada en la librería Morisaki del estante porque le pedí que me recomendara algo. Lina comentó por instinto que ella tenía la primera parte de aquella historia, por lo que el negocio resultó siendo con ella: compré la segunda parte con la idea de que ella me prestara la primera y yo a Lina la adquirida allí. Salimos los tres de ahí por un café". 




 

viernes, 1 de diciembre de 2023

¿Qué enseña la historia de un idioma?

Comencé a leer Cómo se hizo el español, un libro divulgativo sobre la historia de mi lengua materna. Me he estado preguntando: "¿Y qué se puede extraer de una visión general, desde el inicio y hasta el presente, del español y de cualquier lengua?". Ensayé algunas respuestas. 

 

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La historia de un idioma puede entenderse desde muchas perspectivas. La cronología de una lengua es a su vez la del cambio en su estructura lingüística, en el estilo de vida y las creencias de quienes la hablan, en las dinámicas del poder político y económico y el reordenamiento territorial de los estados, los reinos, los pueblos a quienes la lengua pertenece. 

La historia de una lengua demuestra que ellas no son sistemas unitarios que logramos resumir con un nombre: español, inglés, francés, griego. Son, por el contrario, una amalgama de voces, costumbres, literaturas, préstamos e innovaciones difícil de delimitar. Una lengua son muchas lenguas. En los esquemas de clasificación, sincrónicos o diacrónicos las lenguas aparecen como un punto, un tronco o una rama. Y aunque esta representación funciona en términos didácticos las lenguas son, en realidad, más como un rizoma: brotan, se diversifican y extienden y mueren.

Aunque no lo parezca y aunque no lo sepan, los hablantes de un idioma usan palabras, frases hechas y construcciones sintácticas que vienen de antes: quizá hayan nacido en otras culturas; quizá vengan de muy atrás ya, de un pasado ignoto, o sean introducciones recientes; o tal vez sean el último vestigio de pueblos desaparecidos de cuyo acervo una parte pudo colarse en un idioma todavía vivo. Los idiomas, lo que es decir los hablantes, van incorporando al uso y, con el tiempo, al sistema de la lengua, una multitud de variaciones que los filólogos y los lingüistas apenas tienen tiempo de atestiguar y documentar. Al mismo tiempo, las lenguas van dejando atrás aquello que ya no se usa, no se tiene por prestigioso o que simplemente pasa de moda. 

En últimas, haber leído y sopesado la historia de una lengua (sobre todo si es la materna) amplía la capacidad de entender el cambio: cómo sucede y cómo no sucede; qué podemos esperar de él; cuánto tarda en suceder; quiénes lo propician y bajo qué circunstancias. Digo entender y no predecir porque los destinos de un idioma pertenecen muchas veces al azar, al capricho generacional, al desgaste inherente a los sonidos articulados de la oralidad. Haber leído acerca de la historia de una lengua nos provee de una actitud sosegada respecto del cambio que otros pueden ver como un escándalo y también de una postura realista sobre lo que es aceptable como innovación y lo que es simple esnobismo lingüístico.

No inventamos el idioma, lo heredamos. Y lo heredamos a una edad que la neurolingüística ha resuelto en llamar periodo crítico, más allá del cual no podemos ya aprender bien la gramática y los usos del lenguaje humano. Las palabras que usamos y que vehiculan parte de nuestro pensamiento vienen de muy atrás, han nacido y recorrido otras tierras ajenas a las nuestras. Tener en mente todo aquel pasado equivale a dimensionar la bastedad del idioma que nos fue dado y que seguimos construyendo.