Me siento a la mesa y miro hacia la biblioteca. Paseo la vista por toda la colección. Los libros están ordenados en secciones que no responden a la razón sino al capricho. En primera fila tengo los imprescindibles, donde he incluido tanto ensayo como literatura y periodismo, gramática del lenguaje literario y memorias de lectura e historia. Sigue una sección de autores latinoamericanos del boom. Enseguida están los colombianos, sin importar si son contemporáneos o no, y debajo otros latinoamericanos. Continúa un segmento de literatura española clásica y luego una columna con los griegos antiguos. Hay otras etiquetas: gramática y lingüística; españoles contemporáneos; novela contemporánea no colombiana; libros sobre libros; cuento (amplia); poesía (irrisoria); historia (decente). Me sirvo un té y me fijo en la estrategia que uso para llevar las cuentas de los libros leídos: un punto adhesivo sobre el lomo. Dos en caso de una relectura. Visto desde la superficie parece que hubiera solo dos tipos de libros: no leídos y terminados. Pero hay un área intermedia de la que solo yo puedo dar cuenta, los libros leídos a medias. A primera vista no existe nada que indique hasta qué punto se leyó un libro. Los leídos a medias son libros que pertenecen a un limbo privado de la memoria del lector, inclasificables, sin la tranquilidad del deber cumplido, flotando entre el olvido y la conquista. Termino mi té.
Busco el portátil y abro el excel en que hace poco inventarié todos los títulos de mi biblioteca personal. Resultó que había casi cuatrocientos. Una de las columnas en que mandé a poner la información de cada ejemplar (“título”, “autor”, “editorial”...) está dedicada a marcar si fue leído. Hago un pequeño filtro en el documento y resulta que hay apenas treinta y cinco. O sea, apenas el diez por ciento. Lo que para mi inflexible conciencia del lector significa nada. Cierro el archivo y me pregunto por qué tengo tantos libros sin terminar. Si se supone que soy un lector de alto rendimiento, ¿por qué mi lista de libros leídos es apenas un porcentaje por poco despreciable respecto al conjunto de todos los títulos?
Paso del comedor al escritorio, mi lugar de estudio. Leo casi siempre sentado aquí, con la luz indirecta de una lámpara parecida a la de Pixar. Tengo arrinconados los libros que seleccioné a fin de tenerlos a mano. Se trata de una pequeña colección que separo de la biblioteca principal y que indica que esos tomos están en condición de lectura. Todos a medias. Pero, ¿por qué?
El entusiasmo por el estreno de la película de Nolan me llevó a traer la Odisea desde la sección de clásicos griegos. La leí durante unos días antes del estreno. Tomé algunas notas en las páginas del libro. Hace algún tiempo declaré que los libros eran el cuaderno de notas de sí mismos y ahora los rayo sin discriminación, con bolígrafo y en dónde sea que pueda escribir. Una de las notas dice: Bueno, pero ahora que lo pienso… Atenea está guiando a Telémaco hacia una aventura de la que ella misma conoce el desenlace. Es decir, ¿no era más fácil simplemente decirle: ‘Oye tú papá está vivo, vamos a buscarlo’. Así, ¿son los dioses más una forma de personificación de nuestras propias pasiones y búsquedas que las fuerzas sobrenaturales que dicen ser? Vi la película. Encontré en ella una bella alteración de perspectiva en la narración de la aventura y una resignificación profunda sobre el papel de Atenea y la memoria de su pueblo. Y luego dejé el libro sin acabar. Esta era, de todas formas, una relectura, si sirve la aclaración. La Odisea había sido leída en otra época y en otra geografía. En esencia, una fiebre pasajera guió esta lectura este año. Una vez acabado el momento, dejé de leer. Pero he sido incapaz de devolver el libro a la sección de los clásicos. Necesito sirenas que me seduzcan desde el papel.
Pongo en orden el escritorio. Ayer tuve una jornada de desenfreno. Me frustró no saber por dónde empezar una reseña de Los gritos de Andrés Arias. Terminé de leerlo hace meses. La nota de adquisición reza: Este libro se compró la tarde del tres de junio de 2026. Para paliar la pena saqué un libro de consulta que uso en la redacción de ciertos textos: Saber escribir. Como es un libro de consulta no tiene punto en el lomo. ¿Cuenta como no leído? No lo sé. De vuelta a la reseña que quería escribir: leí cómo se escribe una y qué debo incluir en ella. No fue suficiente. Me dije: la mejor forma de aprender a escribir reseñas no va a ser leyendo un manual de escritura, sino revisando reseñas publicadas en algún medio. El razonamiento me empujó a ir a mi colección de revistas Arcadia y disponer unos veinte números en mi cama, abiertos por la sección en que solían reseñarse los libros. Tomé notas, saqué conclusiones e intenté ordenar mis ideas. Pero el escritorio quedó en completo e indeseable desorden. Ahora, mientras ordeno, me encuentro con otra pasión de otoño. Los cuentos completos de García Márquez me miran con un reclamo. Tienen razón. Los bajé de su sección solo porque había leído Aquellos años del Boom de Xavi Ayén y quería retroceder en el tiempo y encontrar aquellos primeros cuentos de Gabo. Y los encontré de una prosa inmadura en los primeros relatos, claro. Y así es cómo salto de un libro a otro. Una vez terminada la sección de libros, ordeno los cuadernos de notas.
En general, yo tomo notas compulsivamente. Las tomo para no olvidar lo que he leído y porque las notas me sirven como un recuento de cómo, dónde y por qué fue leído un libro. Tiendo a ser estricto con las marcas temporales, entonces mis notas llevan siempre la fecha y a veces algún tipo de referencia de en dónde me encontraba (“casa tía”, “tarde Luci”, “Usiacurí sábado”, etcétera). Las notas son un mapa de la cronología de lo que uno pensó. Hay además cierto placer estético, cierta satisfacción, en mirar los cuadernos llenos de notas. Pero lo más importante es que las notas empiezan a crear conexiones entre libros. Una idea, una referencia, un tema que se encuentra en una lectura remite a otra. Así que se crea un conexión entre ambas. De alguna manera esa red de intertextualidades ayuda a recordar, pero también amplía, relativiza y pone en contexto a la obra en cuestión. El libro leído a medias es un capítulo abierto de mis notas sobre el que vuelvo con cada sesión de lectura, en ocasiones luego de meses de anotar otros libros. Un libro lleva a otro. Y es fácil ceder a la tentación de empezar otro libro que ha sido mencionado o evocado por el que estoy leyendo ahora. Me pasa que creo no entender por completo el sistema textual de una lectura si no estoy enterado de esas otras que la explican, la complementan o que la inspiraron, nutrieron o justificaron. En consecuencia, dejaré el libro que estoy leyendo y me iré a buscar una de sus referencias con la excusa de entenderlo mejor, pero volveré a un libro a medias con el recuerdo de otro libro a medias. Todo esto me produce envidia en aquellos casos en que veo un libro de muchas páginas con una sección inaudita de referencias. Me pregunto en qué momento este autor tuvo tiempo de leer, anotar, ordenar y dar forma en un nuevo texto todas esas lecturas. Otra de las formas del privilegio ha de ser esta: la de ser capaz de leer a rienda suelta sin la preocupación por ganarse el pan. En mi caso, por ejemplo, es así: o leo o como. En esta vida no podría decir jamás: voy a tomarme un año sabático para leer. En la vida que heredé no hay ni años, ni meses, ni siquiera semanas sabáticas, solo trabajo.
Termino de ordenar las notas. Inclino un poco la cabeza y doy con Dublinesca. Lo empecé a leer, fui paciente, me dejé ir entre las páginas. Al final debí admitir que no me interesaba. Que ese libro no resonaba conmigo y que en lugar de leer padecía. Lo saco de la sección transitoria del escritorio y lo pongo en la biblioteca junto con la narrativa contemporánea. Tengo que decidir qué hacer con él. No tendrá el punto adhesivo de la victoria quizá nunca. Y se unirá a la lista de libros leídos a medias a causa del aburrimiento. O quizá deba simplemente acabarlo y tener toda potestad de decir que es un mal libro. O quizá hay demasiados otros libros que podría leer en su lugar con pleno disfrute. En todo caso, lo dejo con las otras novelas españolas que heredé de mi profesor de español de bachillerato.
Vuelvo a la mesa. Un pensamiento fatalista se me cruza: cuál será el libro que deje a medias no ya por la falta de tiempo sino por la consumación de mi tiempo. Cuál será el libro que no podré acabar porque ya no podré seguir leyendo. Qué decir de los textos que he escrito a medias. Porque de esos también tengo bastantes: empezados con entusiasmo y luego disueltos en la cotidianidad y en suma olvidados. A lo mejor todo texto es también la versión a medias de un proyecto original ahogado en por las circunstancias. No lo sé. Traigo el computador y empiezo a escribir: “Me siento a la mesa miro hacia la biblioteca. Paseo la vista por toda la colección. Los libros están ordenados en secciones que no responden a la razón sino al capricho…”.



