miércoles, 22 de abril de 2026

¿Dónde están los lectores?

A propósito de la lectura de Las cartas del Boom, se me ocurrió pensar en Barranquilla no como una infértil estepa cultural, sino como un espacio de oportunidad. Entreví en las cartas que Cortázar, García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa tenían una preocupación real por los lectores. Y no podía ser diferente, pues la base del éxito del Boom era el lectorado que consumía y distribuía sus obras. (Dije “consumir” y me arrepentí de inmediato, pero a falta de una mejor jerga, es la palabra que usaré). No digo que aquellos autores escribieran para agradar a sus lectores; en cambio, puntualizo que eran conscientes de que existía una audiencia que los leía y que prestaba atención a los premios, el cine y las revistas. Es decir, en su correspondencia se nota cómo los autores no solo se tomaban el trabajo de escribir, sino también de apuntar al circuito editorial de las traducciones, los congresos, las cátedras universitarias, la participación en política y la opinión pública. No eran, en todo caso, reservados artistas en la intimidad de su hogar escribiendo para sí y para unos pocos amigos. Todo lo contrario: sabían que para poder seguir escribiendo había que vender. Quizá esto que afirmo sea un obviedad, pero para mí fue un descubrimiento asistir a la trastienda del Boom. Crecí leyendo y admirando a estos autores por su obra literaria, pero no me había detenido a pensar en lo que implicó para ellos escribir las novelas que he disfrutado a lo largo de mi vida. O no los había leído a ellos mismos discutiendo sobre el tema. Pensar en los lectores no podía sino relacionarlo, entonces, con una ciudad en donde la lectura no es una costumbre extendida: la mía.

En mis años universitarios, la lectura era una preocupación de primer orden. No podía ser de otra forma, porque estudié para ser profesor de español en escuelas. La lectura es la principal aspiración de cualquier docente de lengua castellana: queremos que los estudiantes lean. En tantas clases sobre el tema, aparecieron dos conceptos que recuerdo porque consideré relevantes en su momento: la disponibilidad y el acceso. La disponibilidad se refiere al hecho de que los libros estén: que existan bibliotecas, librerías, espacios para la leer. La disponibilidad tiene que ver con el hecho de que exista un ambiente físico para leer y que haya material de lectura. A día de hoy la disponibilidad no es ya una preocupación. Al fin y al cabo, cualquier persona tiene un celular desde el que puede descargar libros e internet provee una manera gratuita y ágil de obtener la información, cualquiera que sea su nombre: libros, películas, videos educativos, cursos y un largo etcétera. El acceso, por otra parte, se refiere al conjunto de estrategias que tienen lugar para relacionar a los estudiantes (o al público) con los libros. El acceso tiene que ver con lo que se planifica conscientemente para guiar un proceso de introducción de la lectura en la cotidianidad de las personas. El acceso es una estrategia, una actividad con objetivos específicos, una política pública. Si no hay acceso o si no tiene una escala lo suficientemente colectiva, no habrá lectores.

Durante la lectura de Las cartas pensé en las posibilidades de que en Barranquilla existiera un amplio público lector. En lugar de tomar una posición punitiva sobre el hecho de que el común de la gente no lea, quizá sea mejor entender el fenómeno como una posibilidad. Entender al no-lector como un posible-lector. Tiene sentido, puesto que leer libros no se trata de una tendencia natural de nuestra especie. La lectura está enmarcada en un conjunto de hábitos que son culturalmente aprendidos y que dependen de unas condiciones especiales. Los lectores leen porque hay otros lectores en su familia, porque refuerzan sus amistades a través de los libros, porque encuentran en la lectura razones y herramientas para pensar mejor en el contexto en que están inmersos. Sin embargo, llegar a ser un lector consumado (espero que no se entienda que concibo la lectura como la panacea) es costoso: los lectores se forman por años en la escuela y en la universidad; y también en el seno de familias lectoras, que se regalan libros, que celebran las lecturas, que se relacionan con los autores y se identifican con lo que pasa en los libros, sin importar si se trata de novelas o libros de divulgación científica. Todo lo cual en una secuencia de decisiones y no una mirada pasiva de la realidad. Si lo aterrizo en mi caso personal: a mí me gusta leer, claro; pero hay momentos en los que yo decido leer, en que escojo la lectura por encima del cine y las series, o de la rumba, o de Instagram, o de hacer ejercicio y visitar a mi tía. Lo que quiero decir es que no hay un gusto implícito por la lectura per se, sino que también hay también elecciones reales.

Me faltan unas cien páginas para acabar de leer Las cartas del Boom. Hay otros temas que también han sido removidos y repensados por este libro, y que esperaría tratar en otras columnas. La pregunta de esta disertación en tres párrafos es consecuente con el razonamiento que he seguido hasta ahora: ¿quién se va a tomar el trabajo de crear espacios de acceso a la lectura en Barranquilla?

Nota final:

Había escrito esta columna y luego vi esta publicación. Quizá ahí está respondida mi pregunta. 

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jueves, 11 de diciembre de 2025

Flumen

Cuando mis padres se divorciaron, me fui a Medellín.

Antes de ser el mejor estudiante de la promoción, antes de sacarme la beca del gobierno, antes de inaugurar mi nueva residencia en la ciudad con un premio literario local, yo había sido segundo lugar en el concurso de matemáticas del Atlántico. Hacía años que ocupaba aquel puesto. En cada condecoración, en cada cambio de grado, siempre que había que competir con alguien por el primer puesto, Tania Molina me sacaba la delantera. En el concurso departamental de matemáticas me había sobrepasado por dos puntos. La premiación fue pública y los jurados leyeron en regresiva los puestos ganadores. Cuando llegaron al segundo lugar, yo tenía los ojos cerrados y susurraba «…no digas Ulises, no digas Ulises, no digas Ulises…».

- ¡Ulises Peña! ¡Segundo premio!

Maldije. Para empeorar, tenía claro cuáles eran las dos preguntas que había respondido mal, las había repasado en mi mente y encontrado el error. Miré a Tania sonreír junto a su familia. Mi mamá sabía ya qué se gestaba en mi interior al voltear en mi dirección. Ni siquiera intentó consolarme. A partir de entonces, mi determinación fue absoluta: si no podía ser tan inteligente como Tania, al menos sería más estricto conmigo y lucharía por emular los dones que no había heredado. Al año siguiente era yo el que posaba frente a los recién graduados con el cartón del primer puesto del ICFES. Tania estaba feliz por haber ocupado el segundo lugar, una posición que me hizo perderle el respeto. Por entonces esas cosas me importaban. Con el puntaje que había obtenido podía aspirar a una carrera cara en una universidad privada. En realidad, mi prioridad era salir de Barranquilla. Opté por un cupo en la Universidad de Antioquia; estudiaría para ser docente de idiomas y les ahorraría a mis padres la discusión sobre quién iba a quedarse conmigo. Tenía dieciséis años.  

 

Fumar me produce dolor y apenas tengo veintinueve años. Tardé en aceptar que eran los cigarrillos la causa del peso en la espalda alta, de los ahogos en mitad de una oración y de la presión en el pecho. Había comenzado a fumar, beber y drogarme al inicio de la carrera, pero en ese entonces mi cuerpo no hacía eco de ninguna consecuencia más allá de los estados alterados. Ahora trabajo desde casa, apenas salgo y ahogo mi tiempo leyendo y tomando apuntes sobre cualquier tema: la evolución de los mamíferos, el arte de Francisco Antonio Cano, la historia de la lectura, las películas de Celine Song. Tengo una vida bastante inalterada y, de momento, no sufro. Pero mi existencia se ha enmohecido y ya no brilla.

 

En Barranquilla yo no había salido de juerga, ni conocido peladas, ni me había emborrachado. Mis únicas rutas posibles eran de mi casa a la escuela y de vuelta; urdía los libros hasta los límites de la salud e intentaba no perder el foco de todas las materias del colegio; era completamente ignorante de la música que se oía en la calle, las fiestas, en el carnaval. En Medellín, todos esos años de lento descubrimiento, de engaños a tus padres para salir a rumbear, fumar a escondidas y tomar sin querer que te pillen, me abordaron en apenas un semestre. Conocí a Adriana demasiado pronto. Había crecido en un pueblo cerca de la ciudad; sus padres vivían una relación extraña, entre la conveniencia y el amor, por lo que no se sabía qué tan juntos estaban; era la menor de tres hijos y la única mujer; leía sobre todo ficción; y venía de una clase media venida a menos, como yo. Nos conocimos en clase de pragmática, en el tercer semestre. Me impresionaba el hecho de que la tipa hiciera las mismas preguntas que yo había preparado de antemano para la clase, luego de leer el texto asignado. En mi imaginación, su mente debía funcionar parecido a la mía, pues llegábamos a clase con interrogantes parecidos. Y por eso me gustaba. Le hablé al poco tiempo. Y comenzamos a salir antes de la vacaciones de mitad de año. Yo debía ser una curiosidad de mausoleo. Abstemio, no me gustaba el vallenato, no bailaba, no había probado ninguna droga. Virgen, por lo demás. Adriana vibraba, en cambio, de vitalidad. Su cuerpo era la prueba: ágil, tersa, con los dientes parejos y blanquísimos y los ojos aguzados. Me llevó por los sitios más icónicos del circuito estudiantil de la UdeA y de la Nacional, me enseñó a bailar salsa y bachata, me incluyó en el remolino de su familia, me abrió a su cuerpo y al mío.

 

«Puedo llevarte al pasado» me suelta Juan Pablo una tarde de diciembre. Juan: único hijo de sus padres, quienes planearon tenerlo durante años, lector de divulgación científica unas pocas veces al año, clase media alta de las afueras de Medellín y arquitecto de profesión, tras de haber empezado dos carreras universitarias bastante diferentes entre ellas. «Lo descubrí hace poco y ya he hecho el viaje twice. Arreglé un par de cosas que creía que me iban a seguir siempre, con la única condición de que mis yos anteriores tienen el compromiso de seguir viajando, tú sabes para evitar la paradoja». Barajo la posibilidad de que he sido amigo de un esquizofrénico desde que llegué a la ciudad. «Esa fue mi reacción también, no creas. El camino es relativamente sencillo… en tu condición quizá un poco más difícil, pero realizable. Te puedes quitar la enfermedad de encima». Me encarnizo. No me gusta que jueguen con ese tema, sobre todo cuando he comenzado a aceptar mi destino. «No te alteres, viejo Uli… confía, marica, que todo puede salir bien».

 

Adriana estaba en todas partes. En mi foto de perfil, en el recuerdo madrugado de la noche anterior, en el vaho de su cuerpo sobre mi cama, en todas las expresiones de los rostros ajenos. Conocía ya el ritmo de su respiración cuando finalmente se quedaba dormida, los brotes de llanto al intentar decirme algo que conectaba con sus emociones, el olor de su ropa sudada, la manera en que combinaba los yines, las camisetas, los tenis. Nuestros nombres juntos fueron una región a la que nadie nunca entró. «Te conozco» le decía si nos quedábamos en cama en las tardes vacías de domingo, que ella detestaba. «Yo a ti», respondía. En ese pequeño territorio compartido ella era mi frontera y yo la suya. Y siempre íbamos contrarreloj. Las clases de la universidad pasaron a otro subplano cuando aprendí que los semestres podían aprobarse sin necesidad de perseguir la excelencia. Trabajaba aquí y allá y avanzaba sin mérito en la carrera solo para cumplir un único propósito: rumbearme la vida con Adriana.

 

Juan me envía a mi celular una ubicación al extremo sur de Medellín. Está al inicio de las montañas, aún alejada de las filas de conjuntos residenciales que expanden la ciudad. Cojo el metro, me bajo en La Estrella, luego agarro un bus, un jeep y camino por un trecho rocoso. Encuentro la casa en la que me esperan. Un muchacho de unos veinte años me guía en silencio hacia el filo de una falda montuna. Le pago y me oriento por el ruido del agua. Le doy la razón a Juan durante todo el camino: llegar hasta allá me cuesta varias pausas, cansancio y sudores fríos. Me tiemblan las manos cuando por fin arribo. Juan está esperándome con la sonrisa de un niño listo. Me indica que me quite la ropa y que camine hacia el agua. En una roca lavada por la corriente hay una inscripción: EODEM UNDE DISCESSERIS FLUMEN TE REDUCIT. El agua fría se filtra por las venas de mis músculos. Comienzo a flotar río abajo y Juan se hace de vez en vez más y más pequeño. Quiero mirar hacia atrás y buscar al yo que fui. Algo se quiebra en mi percepción mientras floto. No se trata de una alteración, como la de los hongos, sino una aceleración: no me deslizo sobre el tiempo, sino que lo traspaso mientras me disuelvo en el agua, corro, golpeo y me reagrupo. Un sobresalto me trae de vuelta a la realidad. Parece que no me he movido ni un palmo. En la orilla Juan no está; en cambio, un niño se acerca y me recibe con una toalla. No se me ocurre preguntar por Juan porque la respuesta me atemoriza. De nuevo miro las letras talladas en la roca. El niño advierte mi curiosidad y dice: «Significa que este río te lleva a la ribera de la que partes». Tiene un rostro conocido.

 

Yo vivía cerca de la universidad en una de las tantas pensiones estudiantiles que han visto madurar generación tras generación de estudiantes advenedizos. En mi habitación tenía una cama, un escritorio y una biblioteca. Mi clóset eran unos tubos metálicos comprados en internet y sostenían dos yines y tres camisas. Mis libros sumaban en plata blanca más que todo el resto de mis cosas. Jamás dejé de comprarlos. Adriana experimentaba cierta ternura por aquella parte de mí: ese nerd innato que había hecho de un concurso de matemáticas sin importancia una forma de vida. El resto del tiempo se nos iba en salir: a caminar, a rumbear, a conocer nuevos sitios, nuevas personas. Adriana había dominado una parte de mí con su fortaleza física: nunca se enfermaba, no tenía resaca, sonreía todo el rato y me estrechaba como si fuera el enfriamiento final del cosmos cuando tirábamos. En realidad, nunca dejé la universidad y, a diferencia de ella, yo sí me gradué. Pero aquellos años juntos dilataron mi estadía en la UdeA con tantas pepas en tantos sitios, rayas, humos, tetas, noches. Adriana tenía permitido besarse con quien quisiera, siempre y cuando solo follara conmigo. También yo podía hacer lo que quisiera, según ella. En el fondo, creo que nunca sintió celos, que era una persona incapacitada para sentirlos y por tanto ciega ante la perspectiva de que podía provocarlos. Tardé años en dejar de decirme que nuestra relación estaba bien porque no era convencional. Una noche tocaron a la puerta tardísimo. Era ella. Estaba eufórica, aunque triste. Se quedó dormida en mi cama, sobre mi regazo. Sentí algo de pudor y acaricié su pelo solo para encontrarme con el pegoste de semen seco de alguien más. Luego me enfermé.

  

El niño me guía hasta la misma casa de antes. Ahora está pintada con un color distinto. Me dan a vestir con la ropa de alguien del campo: yines, camisa holgada, unos botas gastadas, una gorra. Percibo al mismo tiempo la familiaridad y la extrañeza cuando tomo el metro hacia la Universidad de Antioquia. Todo está intacto, pero es un mundo ajeno, dejado atrás y olvidado. La realidad se corta con el filo de un país dividido. Sé de qué noche se trata porque no hay otro tema en los medios: gana el No en el plebiscito. Me dirijo hasta La Curva, que es donde sé que estoy luego de conocer la noticia. Adriana y yo estamos tristes: sentimos que la posibilidad de un país en paz se nos escapa, de nuevo. Me bajo en la estación Hospital y desciendo un par de cuadras entre el gentío, los vendedores de libros y revistas, los puestecitos de comida frita, los estudiantes, los punketos. Yo siempre me alejo para fumar y reflexionar un poco. Espero, entonces, verme salir del grupo y encender un cigarrillo. El costado izquierdo, justo entre mis costillas, me duele como si dentro la hinchazón fuera a reventar. Me veo salir y me acerco a mí. No llevo pensado decirme todo lo que he hecho para llegar hasta aquí. Lo único que quiero es reencontrarme conmigo y decir las palabras exactas para que la maldición de la enfermedad desaparezca, nunca ocurra, ni me mate. Cuando saco el encendedor del bolsillo de la chaqueta, oigo mi voz: «Lo mejor que puedes hacer es dejar de sorber ese cigarrillo e irte a casa». Quienes te quieren lo entenderán. Sé que estás cansado. Sé que ni tan en el fondo todavía anhelas la gloria y la excelencia, pero créeme: estás lejos de ella. ¿Te acuerdas? No fumes, no bebas, ni te drogues, en esta profesión necesitas todo el cerebro que tienes». Una pausa. Me miro con algo de curiosidad. Busco entre mis bolsillos y me respondo: «Perdón, no tengo moneditas».

 

Me gradué de la universidad con quince años de más en el cuerpo. Tenía ojeras permanentes, arrugas en las esquinas de los ojos y mi sonrisa se había transformado en una mueca irónica. No solo no me reconocían los demás, sino que yo mismo tenía problemas para descifrarme en el espejo. Tenía un peso permanente en la espalda. Una punzada crispaba mis músculos cada vez que respiraba y mi corazón se llenaba de aire si inhalaba profundo. Yo había tratado mi cuerpo como un parque de diversiones y me había sentido orgulloso de aquella carrera en contra de la mediocridad. Era obvio que acabaría por sufrir algún tipo de consecuencia en mi salud, pero yo seguía viviendo como si fuera inmortal. Vivía así porque no había una buena razón para no hacerlo: yo no quería dinero, ni ser recordado, tampoco creía en Dios ni en el destino. Además, nadie me detenía. En Medellín fui libre por completo. Apenas una vez un tipo pobre, triste y cara de ruego pareció preocuparse por mí en plena calle y citó mal la primera regla de Stephen Vizinczey: “No beberás, ni fumarás, ni te drogarás. Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes”. Lo recuerdo por eso. Adriana se salió de la universidad y lo último que supe fue que había montado un pequeño hostal en Guatapé, donde comía hongos a sus anchas.

Después de que las consultas médicas se convirtieron en algo habitual, conocí a Sandy. Católica y con pasión por el cuidado de los demás, quizá la razón por la que nos casamos. Nuestro matrimonio duró dos años y por poco me convirtí en papá. Luego de nuestro divorcio seguimos siendo amigos e incluso me invitó a su segundo matrimonio. No asistí, aunque habría querido. La fecha coincidió con una de mis temporadas en el hospital. Hace poco Juan Pablo me dijo que tenía algo que contarme.

lunes, 26 de mayo de 2025

Comentarios sobre El sueño del celta


La muerte de Mario Vargas Llosa me agarró releyendo El sueño del celta. Yo estaba en el aeropuerto de Cartagena, a punto de volar hacia Medellín, durante mis vacaciones de este año. Fue una noticia sorpresiva. “La muerte de Vargas Llosa delimita el inicio de un cambio de era”, pensé exaltado.

El sueño del Celta es la novela histórica y biográfica de Roger Casement: patriota irlandés, defensor de los derechos humanos, viajero de aventuras, homosexual. Casement vivió en África durante la primera etapa en la colonización del Congo y denunció los abusos cometidos por un régimen que se publicitaba en Europa como el adalid del progreso en suelo africano. La experiencia se repitió en las caucheras del Putumayo, en la frontera entre Perú y Colombia, donde la Casa Arana impuso un régimen de esclavitud a la población indígena que fue denunciado por una comisión británica de la que Roger Casement tomó parte. El libro narra la historia de una vida plena de grandes proyectos, los altibajos constantes de un personaje convencido de ciertos ideales emancipadores y con una imagen manchada por la campaña publicitaria que giró en torno a su orientación sexual, en una sociedad donde ser homosexual no solo era un horror sino también un delito.

Es la segunda vez que leo la novela, como dije. Hace muchos años me entusiasmé con la idea de hacer un podcast sobre el Congo belga y el régimen de Leopoldo II, pero nunca terminé de cuajar el proyecto. Sucede que la historia tiene demasiadas aristas, y hay un número muy exigente de temas asociados y nuevas perspectivas en cada capítulo y cada sección. Bien pudiéramos hablar sobre el Congo, el Putumayo, la persecución por orientación sexual, el colonialismo, la Gran Guerra, Europa y el resto del mundo.  En aquella época hice incluso una selección de libros relacionados con El sueño del celta: El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad; King Leopold’s Ghost, Adam Hochschild; Autobiografía, Henry Morton Stanley; La vorágine, José Eustasio Rivera. El sueño del celta es una novela en la que todo el tiempo están sucediendo cosas, la vida de Roger Casement no parece haber tenido largos periodos de paz y en cambio haber sido una existencia vibrante.

Para cerrar no quisiera hablar de defectos del libro, sino de los retos que puede tener para el lector. Puesto que es un libro histórico y biográfico, la narración está llena de nombres y de fechas, que obligan a tener la memoria activa y cierta regularidad en la lectura. El riesgo de tardar una o dos semanas en volver al texto es el de olvidar quién es quién y en qué fechas exactas está sucediendo la acción.

sábado, 6 de abril de 2024

Dos historias sobre la librería Morisaki

 

Imagen tomada del IG de la editorial:
https://www.instagram.com/p/C1t8ICHL1c9/


“Me caso”. Debería haber sido un anuncio importante. Palabras dichas como una extensión de la felicidad. O al menos una confidencia pudorosa. Fueron, por el contrario, dos vocablos dichos a la ligera, sin ninguna preocupación y de un momento para el otro. Takako apenas entendió qué venía acompañado de aquella información: era el novio de hacía un año quien se la donaba. El nudo del estómago apenas le permitió responder: “Bien, me alegro por ustedes”. El tipo acabó la conversación con un: “Oh, gracias. Pero no te preocupes, Takako, tú y yo, siempre podremos vernos” (¡!). Esta corta escena es el móvil de la historia en Mis días en la librería Morisaki y Una velada en la librería Morisaki, su secuela. La obra es el recuento de lo que vino después de la ruptura con Hideaki, el futuro esposo. La posterior renuncia al empleo (el man era compañero trabajo y la prometida era también de la misma compañía), el reencuentro con el viejo tío Satoru, la estancia en la librería, el descubrimiento renovado por los libros, la reparación del amor y la aceptación de la muerte.

La dupla de la librería Morisaki está narrada desde un punto de vista personal. Takako expresa la forma en que entiende aquello que experimenta, explica las razones por las que actúa de una u otra forma y describe el mundo a su alrededor según lo va tanteando. En este sentido, el ritmo de la novela es su mayor virtud. Los eventos se suceden de forma natural, aunque por momentos estén llenos del carisma de la tragedia, el sufrimiento o la alegría. Se trata de una lectura que sosiega el mundo del lector y hace del recuento una parte de la vida cotidiana. Algo que todos podríamos sentir sin diferencias de origen, edad o profesión. Diría que, si uno se encuentra en medio del caos, la cotidiana ausencia de calma, esta es una novela perfecta en apaciguar el ruido exterior. No es descabellado sugerir que el mismo Satoshi Yagisawa, autor de los títulos, pensaba así al momento de su escritura. En un breve video promocional de la editorial Plata afirma: “Espero que puedas sentirte identificado y en sosiego con este libro”.

Buena parte de los volúmenes gira alrededor del mundo del libro. Quizá sea esto lo que produce el eco que tiene en los lectores asiduos. O quizá esa sea la explicación por la que a mí me gustó tanto. En todo caso: Takako se pasa a vivir a la planta alta de la librería Morisaki, regentada por un viejo tío que no veía hacía una década, pero que le guardaba absoluto cariño desde que naciera. Es en ese ambiente literario y de mercadeo donde se reencuentra con los libros y la lectura. Leer termina por ser el vínculo con la reconstrucción del amor; que había quedado tinieblas por la experiencia con el tal Hideaki. Me apasionan los personajes que leen porque me recuerdan que la lectura no es una actividad de almacenamiento informativo. Es decir: no leemos por los recuerdos, las ideas y los conceptos que el papel expresa y nos transmite. Leemos para aprender, sí; pero leemos también para experimentar la lectura. Leer es confrontar los recuerdos, evocar las ideas, poner en funcionamiento ese banco lingüístico, emocional, vital, que todos cargamos dentro. No es que Takako halle la respuesta en los libros, pero los libros agencian ese mejor estado posterior a la ruptura amorosa que la deja inmóvil ante su propia existencia.

Ambas partes de la historia, Mis días en la librería Morisaki y Una velada en la librería Morisaki, son novelas cortas, casi hechas para leer de un tirón y perfectamente disfrutables. En últimas, se trata de una narración acerca del valor de los libros, los lazos familiares y los amigos en la construcción personal de la resiliencia. 

 

Nota final: Así se adquirió el libro

"El sábado pasado, por fin, vi a Lina, mi amiga de la maestría. Hacía dos semanas que no quedaba con ella y lo cierto es que me hacía falta (aun sin saberlo) que habláramos sobre libros y música. Esta vez fuimos a un centro comercial y allá se reunió Nando, amigo de ambos, con nosotros. Dimos un par de vueltas y jugamos en las maquinitas por un par de horas. Lo importante vino cuando entramos a una librería que había allí. Se trata de un pequeño local de dos pisos, con ambiente de librería de volúmenes nuevos, es decir, bien iluminada y colorida: El callejón librería. La muchacha que nos atendió sacó Una velada en la librería Morisaki del estante porque le pedí que me recomendara algo. Lina comentó por instinto que ella tenía la primera parte de aquella historia, por lo que el negocio resultó siendo con ella: compré la segunda parte con la idea de que ella me prestara la primera y yo a Lina la adquirida allí. Salimos los tres de ahí por un café".