—¿Este no eres tú? — preguntó con furioso énfasis en tú.
Marcia, mi novia, estiró el brazo y me puso el celular en la cara. Era yo, en efecto. Éramos Juan y yo en el video. Había mentido, me había ido rumbear y ahora era sospechoso de homosexualismo. Me levanté con dificultad de la cama. Quise sostenerme en el brazo de Marcia, pero se apartó y estuve a nada de caer. Fui a la cocina, puse a hervir agua para un té y me senté en la mesa. Marcia me miraba con los brazos cruzados y expresión inalterada. Ya la conocía: estaba colérica. Preparé el té. Y empecé.
Conocí a Juancho en la oficina. Era un cómico: tenía ocurrencias, contaba historias, siempre tenía el remate perfecto para cada comentario. En la oficina le decían Juanchito no nada más porque le guardaran aprecio, sino porque también medía un metro sesenta y cinco. Juancho andaba en una moto grande y daba gracia que la sostuviera en reposo con las puntas extendidas de los pies. Consumía un cigarrillo cada pocas horas. A veces lo veía fumando bareta con otros compañeros a la salida del trabajo. Le gustaba la biología, además. Hablaba largas horas del funcionamiento de la vida…
—¿Ahí fue que te enamoraste de él? ¿Ahí fue que empezaron a hacer maricadas? — interrumpió Marcia.
La miré con cara de no seas ridícula y continué.
Juancho tenía una costumbre: las putas. Le gustaba irse de putas. Los lunes llegaba con una historia diferente de alguna prostituta con quien hubiera estado. Siempre me invitaba, además. Me contó cómo funcionaba la cosa. Tú entras en una casa más o menos discreta, por aquí cerquita, de dos pisos. Timbras, te abren y te recibe Eufemia, la dueña del prostíbulo. Hay varias peladas. Les hablas normal. Y cuando ya tienes decidido cuál quieres, suben a la habitación y la pelada te atiende. Es breve. Mira, mira esta. Me mostró una chica morena, de ojos grandes y bien puestas y prominentes tetas. Luego dijo: me le pegué como ternero huérfano, antes de reírse sin rastro de pudor. Juancho me invitó a putear muchas veces. Yo, claramente, le dije que no, que tenía novia y que jamás podría hacerle algo así. No podría irrespetarla.
—Ajá, claro— vino de Marcia, irónica.
¿O serás cacorro? Uy, no parce, yo con maricas sí no me junto, dijo Juancho a la enésima vez de invitarme a las putas. Ignoré la pregunta y más bien lo interrogué acerca de su novia. Eso no es irrespetar a la novia, aseguró. Eso no es nada. Juancho tenía novia. Era una mujer de su misma altura, de cabello negro y liso y bastante seria, con cara severa. Yo la vi alguna vez a la salida del trabajo. Fue por ella que salimos a Provenza. Juancho me invitó a tomar y antes de que yo lo rechazara como siempre hacía, mencionó que su novia vendría. Yo lo pensé un poco. Esa tarde, a la salida me invitó a fumar marihuana…
—Me dijiste que lo habías dejado— era Marcia, de nuevo.
Fumé, sí, pero muy poco. Un plon y ya. Me fui enseguida para la casa. Pero en el medio acepté la invitación de Juancho. Cuadramos ir el siguiente viernes a una discoteca retro en Provenza. De camino a casa me sentí liviano. Caminé hasta el metro con una sonrisa y llegué en calma a mi apartamento. Cuando me dijiste que ese viernes ibas a estar ocupada estudiando, mi plan para no preocuparte fue decirte que me iba a quedar en la casa y que me iba a dormir temprano.
—Eres un mentiroso, Camilo.
El viernes salí de la oficina. Me fui para la casa. Te escribí. Me arreglé. Y salí. Cogí el metro y llegué a la estación Poblado. Juancho me envió la ubicación del sitio y caminé. Estábamos él, la novia, otros amigos suyos y yo. Era un grupo como de cinco o seis personas. Yo no quería tomar y no tomé. Apenas unos traguitos y si me prendí ahí mismo me bajé. Pero Juancho sí estaba tomando bastante. Escuchamos la música, hablé con los que estaban ahí, le pregunté tres cosas a la novia de Juancho. Todo normal. A media noche me dice que quiere fumar y que lo acompañe afuera. Les dijimos a todos que ya veníamos y salimos al frente del sitio. Sin embargo, no había vendedores de cigarrillos ahí. Ya nos habíamos resignado a no fumar cuando vimos una tiendecita abierta a tres cuadras. Juancho la señaló y cogimos para allá. Estábamos caminando por el pretil derecho, de camino a la tienda, cuando en la acera de en frente Juancho divisó un grupo de coyas. ¿Coyas?, preguntó. Así les dicen en mi tierra, le expliqué. Se rio. De regreso pasamos por donde las coyas, me dijo. Yo no le creí. Pero cuando volvíamos, en efecto se cambió de acera y se les acercó a las viejas.
—Mira, ya ni me cuentes más.
Llegó con una sonrisa. Se les acercó y ellas lo vieron tambalearse y lo rodearon de una. Tuve que ir a sacarlo casi a la fuerza y en ese momento me percaté de lo que él ya venía a decirme: ¡Ay, jueputa, son travestis estas coyas! Lo miré, miré a las chicas y detallé sus rasgos varoniles: la mandíbula, la manzana de adán, las piernas tersas y secas, la espalda robusta. Como pude lo saqué del grupo y lo encaucé en la acera. Dimos tres pasos al frente antes de que Juancho gritara: ¡Mi celular! Yo me devolví, al frente de la situación y miré a las chicas con total sobriedad. Asumo que se dieron cuenta de que yo no iba borracho como él. Una de las viejas se agachó, simuló recoger el celular del piso y me lo extendió: se te cayó esto, papi. Yo iba a dejarlo así, pero Juancho se percató no sé cómo del gesto y se vino de frente. Soltó una diadema de insultos y le metió un puño a la chica en la cara. La escena se escaló y yo me defendí, nos defendí. Me paré firme y agarré pelucas, blusitas, tiré pata y muñeca. Pero nos superaban en número y mi escudero estaba jarto como una nigua. Nos redujeron. Ya en el piso descubrí que los tacones pisan duro. Y que son fuertes esos travestis.
—¿Y entonces de dónde sale eso de “dos hombres son apaleados por no querer pagarle el servicio a las trabajadoras sexuales trans”?
—Marcia, tú sabes cómo es internet. Yo no controlo lo que ponen de titular.
Marcia dio la impresión de estar convencida durante algunos meses, pero terminamos en menos de un semestre. Supongo que nunca me creyó o nunca superó la historia de Juancho y las travecas. Sus últimas palabras en mi chat de WhatsApp fueron: “Si te gustan, te gustan”. Las escribió antes de bloquearme para siempre.
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