viernes, 3 de abril de 2026

Hienas

El año inició con la amenaza de las hienas. La nueva nómina de docentes del Liceo Cristiano Campestre incluía a los profesores de química, sociales y educación física. Y a mí. La entrevista había sido rápida y la contratación les llevó apenas dos días. Me había vinculado a ese nuevo empleo apenas antes de que comenzaran las clases. Apenas sentí nervios cuando llegaron las pequeñas vans colmadas de estudiantes. Se les ordenó sentarse en sillas plásticas afuera del edificio y a la sombra de tres carpas alineadas una detrás de otra. Luego de los protocolos de apertura, los himnos locales (que yo desconocía) y la oración, nos tocó el turno a los docentes nuevos. Fui la última en ser anunciada:

Este año nos acompañará la profesora Triana Clavijo, directora de grupo del grado séptimo y docente de inglés.

Cuando el coordinador acabó la presentación, tuvimos que esperar a que los estudiantes se callaran. Los profes estábamos de frente al alumnado. Era una pequeña tarima, apenas más alta que el suelo. No podía ver a nadie en particular, sino a la masa de estudiantes de todas las edades, apenas distintos unos de otros. Nicole estaba entre esa pequeña multitud. Los estudiantes nos olfateaban, medían sus expectativas y generaban sus hipótesis acerca de nosotros. Antes de irnos al salón hubo un último anuncio del coordinador:

Recordemos estudiantes y profesores y colaboradores que tenemos el problema con las hienas. Ya se está solucionando, pero la advertencia es que no salgamos de los caminos pavimentados y que si vemos una avisen inmediatamente…

Estábamos a las afueras de la ciudad. Yo debía coger Transmilenio hasta el portal norte y de ahí otro bus hasta una entrada al costado de la vía principal que daba a varios colegios. “Pavimentado” no era más que un decir, porque en realidad el camino era más un polvorín que una verdadera calle. Al bajarme del bus tenía que caminar veinte minutos, entre potreros y entre la maleza aledaña de los humedales. Hora y media era el total entre mi habitación de estudiante y el trabajo. Se creía que las hienas habían desaparecido por la colonización de toda aquella área, pero ese año había habido una sobrepoblación de una especie dividida en varias jaurías hambrientas.

      …si las oyen, si las ven, no se les acerquen. No podemos caminar por otra parte que no sea el camino de pavimento. Nosotros hemos instalado ya cincuenta trampas en el monte y en todo el alrededor del colegio, por eso debemos ser precavidos.

Me dirigí al salón con treinta desconocidos a mis espaldas.

Aquellos no eran los niños con los que había crecido, antes, cuando yo era estudiante de bachillerato. Nosotros éramos hijos de la clase trabajadora sin estudios, ellos lo eran de una clase media educada con buenos salarios y apartamentos en el norte de la ciudad. Creo que esta es la razón por la que me costaba ser empática con ellos. Además, yo había escogido ser profesora simplemente porque me gustaba saber cosas y me había parecido que enseñarlas era una manera de que permanecieran conmigo, a salvo del olvido. Lo de educar hijos ajenos lo veía como un efecto colateral. No odiaba a los niños, pero no tenía por ellos el apego maternal que notaba en otros profes. No les profesaba cariño, ni fe, ni amistad. En consecuencia, tendía a tratarlos como adultos, a darles cualquier información a secas, a hacerles ver que había consecuencias por nuestros actos y no por principios morales fundamentales. Cuando un niño venía con una queja de la que yo no me habría dado cuenta le decía: “Nadie respeta a los sapos. Ni siquiera quienes se benefician de su información”. Yo era una libertaria en el salón de clases: no los constreñía por el uso del uniforme, ni porque no prestaran atención, ni los obligaba a sentarse en un sitio distinto del de su escogencia. Pero también tendía a organizar pequeñas venganzas contra quienes se interponían en el desarrollo de mis clases. Cuando conocí a Nicol supe que sería un problema.

Nicol había perdido el año anterior y la habían obligado a repetir séptimo. Era una niña mona, activa, inteligente y con ambición. Pero por alguna razón disfrutaba del caos. La primera vez que cruzamos palabra yo estaba intentando encontrar un marcador. Era el primer día, luego de la formación. Los salones eran una caja con pupitres de tabla y varilla, con solo una pequeña mesa para el profesor, un tablero y un videobeam. Aquello me dio a entender que los dueños del colegio eran todo menos pedagogos. No había marcadores en ninguna de las gavetas del pequeño pupitre. Pregunté en voz alta si sabían dónde podía encontrarlos. Nicol alzó la mano y me indicó que había un cuarto con todos los útiles al final del pasillo y que los profes regularmente cogían lo que querían de allí. Salí por un momento, me dirigí a la puerta del fondo, pero al abrirla me encontré con un inodoro olvidado cuya única función era contener los orines de los chicos escapados de clase. De regreso al salón todos me esperaban para ver mi reacción. Entré con una sonrisa y me juré, acto seguido, que la malparidita la pagaría. 

Fuera del colegio yo había comenzado a salir con Francisco. Era culto, atlético y tenía un empleo que triplicaba mi salario, por lo que viajaba todo el tiempo: Tampa, Seúl, Lima. Nos conocimos en el Museo Nacional, a la salida de una exposición dedicada a las hienas como especie introducida por el narco. En realidad, yo había ido al museo con otro tipo, pero había sido una cita tan aburrida que terminé en una conversación sobre nuevos anglicismos en el español de Colombia… con Francisco. Me pasaba, sin embargo, que no quería acostarme con él.

Quien sí que se acostaba con un chico de décimo era Nicol. Zapata: me caía bien, era algo vago, pero se esforzaba en cumplir y sabía qué botones apretar para culminar las materias con buenas notas, aun sin el esmero de un buen estudiante. Era buen futbolista, por lo demás. Nicol y Zapata se me perdieron de vista en el recreo a mitad de junio. Francisco me había invitado a su apartamento, pero yo lo había rechazado con la excusa de que tenía que estudiar para mis clases de la maestría. Subí las escaleras del edificio, deambulé por los salones del segundo piso y tomé las escaleras hacia el tercero. Me asomé por cada una de las puertas en silencio, sin ir a alertar con un llamado del tipo «Nicooooool» o «Zapaaaaaata». Tuve sigilo en acercarme a la puerta del final del pasillo. Abrí de un tirón y la luz iluminó la cara de Zapata hundida en el pecho de Nicol. Di un paso atrás, sin expresar nada con el rostro, cerré la puerta y me recosté en la pared mirando al techo. Ambos salieron, me dieron un vistazo y se dirigieron con toda seriedad al patio. No se me ocurrió llamarles la atención, ni acusarlos ante la coordinación, ni contactar a sus padres. Solo tuve una idea: ahora sé algo con lo que te puedo chantajear, perra. Al final no fue necesario, sin embargo. 

A pesar de las advertencias del coordinador, a veces yo salía de trabajar y sin que nadie me prestara atención caminaba unos quince minutos por el monte y hasta un claro en que había una roca muy grande que me servía para estar sola. Me sentaba encima de ella, a un metro del suelo y a veces fumaba tabaco. Supuse que yo no era la única que lo hacía, pues la piedra estaba rayoneada con las típicas inscripciones adolescentes y encontraba con regularidad colillas, paquetes plásticos vacíos o latas aplastadas de cerveza. Lo bueno era que por allí no pasaba gente, no había cámaras y la vegetación funcionaba como aislante del sonido de adentro y como barrera del sonido de afuera.

Odiaba trabajar en el Liceo. Los compañeros nuevos eran interesantes y cada uno sabía mucho sobre su área, tanto que a ratos me sentía atraída por la matemática o la química y con ganas de aprender más tras hablar con alguno de ellos. Sin embargo, había unas estructuras de poder no reconocidas pero que operaban y los profes más antiguos sentían la necesidad de mostrarse superiores a los recién ingresados. Había una chismosería latente todo el tiempo. Encima yo tenía que cubrir a mi jefe de área cada vez que no aparecía los jueves. Eso y tener que coger rabia de lunes a viernes en un salón de clase me tenía drenada. Con el agravante de que el sueldo era un miseria de la cual no huía por el simple hecho de que este era el único trabajo que cuadraba con el horario de mis clases en la universidad. Para colmo, Nicol no daba tregua: se metía en peleas, hacía llorar a los chicos del salón con sus incisivas burlas y seguía de amores con décimo grado, no ya con Zapata. Todo ello me hacía caminar hasta el claro del bosque, con hienas alrededor y todo, y fumar en soledad. Aunque para ser honesta, más de una vez debí salir corriendo de allá luego de oír a lo lejos la risa medieval de las hienas.

A finales del semestre Francisco me invitó a una cabaña en Guatavita. Tomamos el bus cerca de la Universidad Pedagógica, subimos la montaña y llegamos antes del mediodía. Caminamos por la pequeña ciudadela del centro del pueblo tomados de la mano. Yo no había sabido qué era un novio en años, luego de mis aventuras en el pregrado. Pero Francisco me tenía en sus manos por su buen trato, su poca urgencia por follarme y sus referencias infinitas a los libros, la historia y el cine. Si no era amor, se parecía lo suficiente. Había desarrollado la idea de que podía basar una relación romántica en el respeto mutuo y no solo en la pasión. No sé por qué, pero yo sentía que, si tirábamos, la mística se desvanecería. Por la noche me invitó unos cocteles que resultaron más potentes de lo que yo habría estipulado y me emborraché tanto que bailamos merengue en ese hotel a la vista de otras dos parejas. Ya en la cabaña, Francisco me besó y le correspondí, pero lo rechacé cuando su mano subía hacia mis tetas.

El lunes llegué al colegio y lo primero que me dijeron fue: Nicol le vendió bareta a un chico de once. Era notable cómo la pendeja no me daba descanso. Pasé a la enfermería y me encontré con el chico de once en un estado que a mí me habría gustado habitar: sonreía recostado en la camilla, seguramente sintiendo cómo las ondas del mar hacían eco en su cuerpo. Subí al salón. Nicol no soltó una sola palabra en mi presencia y se mantuvo con la mirada fija en el suelo y los brazos cruzados. El coordinador me extendió un vaper amarillo, transparente, parecido a un resaltador que era lo que el chico había inhalado. ¿De dónde lo había sacado Nicol? Fue un misterio que quedó por resolver, porque al día siguiente cuando me reuní con sus padres para explicarles la situación ya la chica me había sacado la delantera y vinieron con el discurso prefabricado de que era un equivocación, que era una calumnia que SU HIJA fuera acusada de darle drogas a los COMPAÑERITOS del colegio. Ni siquiera discutí. Les dije que hablaran con el coordinador, si querían: yo solo les estaba informando de qué había sucedido. Fue por esta razón y no otra que me quedé con el vaper. Ellos no lo habrían aceptado, de todas formas. Lo guardé en mi cartuchera, junto a los colores, lo lápices y los plumeros.

En el pregrado había amado la literatura con devoción. Yo leía con disciplina autoimpuesta, incluso cuando lo que leía no me apasionaba, no me conmovía, no era más que letras corriendo ante mi vista. Sin embargo, llegada la hora no me decidí por la literatura para continuar los estudios de posgrado. Me decanté por la lingüística y me fui a Bogotá a ser la mejor estudiante del Instituto Caro y Cuervo. Claramente, no lo logré. Y lo que sí obtuve, en lugar de una tesis laureada, fue un síndrome de cefalea tensional que no me dejaba ni siquiera acostarme con el tipo que me gustaba. Jamás me sentí tan miserable como en aquel año de profesora de bachillerato. La siguiente de Nicol fue crear un perfil en Instagram para ventilar cuanto chisme, noticia, denuncia y foto de estudiantes o profesores mal parqueados. Hubo un reunión general de profesores en la que el coordinador nos encargó encontrar culpables y aplicar sanciones. Nicol nunca admitía nada de lo que hacía, por lo demás (hija de sus padres, pensé). Pero yo sabía que había sido ella. Publicaron este comentario sobre mí: «La profesora Triana quiere levantarse a medio colegio, desde los profes de matemáticas y química hasta los estudiantes de once». Incomodaba aunque no fuera cierto.

A mitad del siguiente semestre, el daño del 2023 empezaba a notarse en mi rostro: tenía ojeras, estaba flaca, extrañaba a mi familia y, aunque contaba con Francisco, a veces no quería ni verlo. A finales de octubre celebramos Halloween en el colegio. Fue una jornada de gran actividad, con los estudiantes dando rondas por todo el edificio disfrazados de princesas, Messi, Lilo y Stitch, Drácula y Pasión de Gavilanes. El día culminó de forma atípica porque eran los padres quienes debían ir por sus hijos a la salida, no las vans de todos los días. Aproveché la confusión para despedirme a la carrera e irme a internar en el monte, en la roca. Estaba leyendo El tonel de Amontillado cuando quise resaltar el párrafo que decía: «Apenas había colocado el primer trozo de mi obra de albañilería cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado y salió de la profundidad del nicho». Busqué en mi maletín y metí los dedos entre la cartuchera, pero en lugar de sacar el resaltador apareció en mi mano el vaper cannábico. Lo miré con distracción, hice una mueca de “por qué no” y aspiré. Tosí un par de veces y cuando levanté la vista divisé a Nicol acercándose por la entrada del claro. Maldije. Me escabullí detrás de la roca y me puse de cuclillas con el libro en una mano y mi morral en la otra. Nicol se sentó donde yo había estado y sacó otro vaper. Aspiró una, dos, tres veces, tosió y fue entonces cuando salté de mi escondite: «Mejor dejas de hacer eso». Ella se petrificó, escondió el vaper, me miró con desconcierto y huyó. Salió corriendo por entre la maleza. Me fui detrás suyo con mis cosas en las manos, gritando para dónde vas. No pasaron dos minutos hasta que comencé a oír las risas de las hienas a lo lejos, mientras intentaba alcanzar a una niña de catorce años en la vegetación. En un momento se me cortó la respiración y me detuve. La había pedido de vista. Comencé a poner mis cosas en orden: el libro, el morral, mi pelo. No había terminado cuando sentí un rayo de luz subir por mi espina y alcanzar mi cerebro. Allí estaba yo: sudada, perdida, habiendo presenciado cómo mi estudiante se drogaba con la misma droga que ahora me invadía. Un éxito yo. Volví sobre mis pasos mirando a mi alrededor, pero no reconocía nada. No había camino que seguir y caminar en dirección de la roca era imposible, no solo porque estaba trabada sino porque orientarse era difícil sin puntos de referencia. Saqué el celular y no tenía señal.

Caminé unos minutos hacia donde creía que podía encontrar el claro, pero luego de un rato me cansé. La luz de sol se disolvía y yo entraba de nuevo en mí. Me senté un momento, estiré las piernas, me abrigué. Me había puesto a enumerar el listado de decisiones que me habían llevado a ese humedal cuando escuché el crujir de unas hojas. Miré en esa dirección. Era Nicol, maldiciente, que volvía a mirarme aterrada y a salir corriendo. La seguí de nuevo, pero lo siguiente que oí fue el crepitar de sus huesos, el chirrido metálico de la trampa y su aullido de dolor. Me acerqué para constatar que tenía sangre en la falda del uniforme, la pierna atorada entre los dientes metálicos unidos a una cadena amarrada con candado a un árbol. Me miró con rabia, pero luego se enterneció y me extendió la mano. Yo me acerqué, me agaché y examiné la herida. Era grave. Sangraba mucho y tenía la carne del tobillo en ripios. La miré al rostro y me levanté muy lento. Ella me vio con desconcierto. Me alejé lo suficiente para escapar de su alcance. Cuando al fin se percató de lo que sucedía, gritó: «Perra, desgraciada, por eso te mando a ver miados en el baño en que nos espías, enferma». Le di la espalda. Oí mi nombre a gritos mientras salía de allí. Marché por unos minutos y fui a tener a un camino polvoriento que reconocí. Ya era casi de noche y la penumbra parecía salir del monte mismo. Volví a enrumbar hacia la avenida principal, lejos de la vegetación, la roca y Nicol.

Casi llegaba cuando me interrumpió la risa de una hiena que no estaba en la distancia como antes. El animal me salió al paso, mirando con ojos de rabia y caminando de costado. Estaba a menos de tres metros de distancia, sola. Me quedé en una sola pieza. La hiena se paseó sobre sus pasos y gruñó en mi dirección. Su ojos de perra no dejaban de verme. Se dirigió hacia mí. Esperé lo peor. Me olfateó y rodeó un par de veces antes de perder interés y largarse. Volví a la realidad para darme cuenta de que había sudado por encima de mi camiseta, el brasier y el buzo que traía puestos. Salí a la carretera y llamé a Francisco. Le dije que quería verlo esa noche. Me di un largo baño en su apartamento. Salí de la ducha y lo encontré leyendo en la cama. Jamás había deseado tanto a un hombre.

Encontraron a Nicol tres días más tarde. Tenía la pierna hinchada, los labios secos y la mirada perdida. Las hienas le habían arrancado un pedazo de cuero cabelludo y tenía marcas de dientes en los brazos y la espalda. Pero vivía. Sus padres anunciaron acciones legales contra el colegio. El revuelo del incidente no afectó mis clases, sin embargo. En la universidad me siguieron exigiendo sin la misericordia propia de los humanos. Mi contrato acabó en noviembre. Salí del liceo sin ganas volver por allí. Al año siguiente, regresé a Barranquilla, con Francisco. Jamás volví a saber de Nicol.

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