miércoles, 22 de abril de 2026

¿Dónde están los lectores?

A propósito de la lectura de Las cartas del Boom, se me ocurrió pensar en Barranquilla no como una infértil estepa cultural, sino como un espacio de oportunidad. Entreví en las cartas que Cortázar, García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa tenían una preocupación real por los lectores. Y no podía ser diferente, pues la base del éxito del Boom era el lectorado que consumía y distribuía sus obras. (Dije “consumir” y me arrepentí de inmediato, pero a falta de una mejor jerga, es la palabra que usaré). No digo que aquellos autores escribieran para agradar a sus lectores; en cambio, puntualizo que eran conscientes de que existía una audiencia que los leía y que prestaba atención a los premios, el cine y las revistas. Es decir, en su correspondencia se nota cómo los autores no solo se tomaban el trabajo de escribir, sino también de apuntar al circuito editorial de las traducciones, los congresos, las cátedras universitarias, la participación en política y la opinión pública. No eran, en todo caso, reservados artistas en la intimidad de su hogar escribiendo para sí y para unos pocos amigos. Todo lo contrario: sabían que para poder seguir escribiendo había que vender. Quizá esto que afirmo sea un obviedad, pero para mí fue un descubrimiento asistir a la trastienda del Boom. Crecí leyendo y admirando a estos autores por su obra literaria, pero no me había detenido a pensar en lo que implicó para ellos escribir las novelas que he disfrutado a lo largo de mi vida. O no los había leído a ellos mismos discutiendo sobre el tema. Pensar en los lectores no podía sino relacionarlo, entonces, con una ciudad en donde la lectura no es una costumbre extendida: la mía.

En mis años universitarios, la lectura era una preocupación de primer orden. No podía ser de otra forma, porque estudié para ser profesor de español en escuelas. La lectura es la principal aspiración de cualquier docente de lengua castellana: queremos que los estudiantes lean. En tantas clases sobre el tema, aparecieron dos conceptos que recuerdo porque consideré relevantes en su momento: la disponibilidad y el acceso. La disponibilidad se refiere al hecho de que los libros estén: que existan bibliotecas, librerías, espacios para la leer. La disponibilidad tiene que ver con el hecho de que exista un ambiente físico para leer y que haya material de lectura. A día de hoy la disponibilidad no es ya una preocupación. Al fin y al cabo, cualquier persona tiene un celular desde el que puede descargar libros e internet provee una manera gratuita y ágil de obtener la información, cualquiera que sea su nombre: libros, películas, videos educativos, cursos y un largo etcétera. El acceso, por otra parte, se refiere al conjunto de estrategias que tienen lugar para relacionar a los estudiantes (o al público) con los libros. El acceso tiene que ver con lo que se planifica conscientemente para guiar un proceso de introducción de la lectura en la cotidianidad de las personas. El acceso es una estrategia, una actividad con objetivos específicos, una política pública. Si no hay acceso o si no tiene una escala lo suficientemente colectiva, no habrá lectores.

Durante la lectura de Las cartas pensé en las posibilidades de que en Barranquilla existiera un amplio público lector. En lugar de tomar una posición punitiva sobre el hecho de que el común de la gente no lea, quizá sea mejor entender el fenómeno como una posibilidad. Entender al no-lector como un posible-lector. Tiene sentido, puesto que leer libros no se trata de una tendencia natural de nuestra especie. La lectura está enmarcada en un conjunto de hábitos que son culturalmente aprendidos y que dependen de unas condiciones especiales. Los lectores leen porque hay otros lectores en su familia, porque refuerzan sus amistades a través de los libros, porque encuentran en la lectura razones y herramientas para pensar mejor en el contexto en que están inmersos. Sin embargo, llegar a ser un lector consumado (espero que no se entienda que concibo la lectura como la panacea) es costoso: los lectores se forman por años en la escuela y en la universidad; y también en el seno de familias lectoras, que se regalan libros, que celebran las lecturas, que se relacionan con los autores y se identifican con lo que pasa en los libros, sin importar si se trata de novelas o libros de divulgación científica. Todo lo cual en una secuencia de decisiones y no una mirada pasiva de la realidad. Si lo aterrizo en mi caso personal: a mí me gusta leer, claro; pero hay momentos en los que yo decido leer, en que escojo la lectura por encima del cine y las series, o de la rumba, o de Instagram, o de hacer ejercicio y visitar a mi tía. Lo que quiero decir es que no hay un gusto implícito por la lectura per se, sino que también hay también elecciones reales.

Me faltan unas cien páginas para acabar de leer Las cartas del Boom. Hay otros temas que también han sido removidos y repensados por este libro, y que esperaría tratar en otras columnas. La pregunta de esta disertación en tres párrafos es consecuente con el razonamiento que he seguido hasta ahora: ¿quién se va a tomar el trabajo de crear espacios de acceso a la lectura en Barranquilla?

Nota final:

Había escrito esta columna y luego vi esta publicación. Quizá ahí está respondida mi pregunta. 

https://www.instagram.com/p/DW9Fhk0jXzV/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=NTc4MTIwNjQ2YQ==

 

lunes, 26 de mayo de 2025

Comentarios sobre El sueño del celta


La muerte de Mario Vargas Llosa me agarró releyendo El sueño del celta. Yo estaba en el aeropuerto de Cartagena, a punto de volar hacia Medellín, durante mis vacaciones de este año. Fue una noticia sorpresiva. “La muerte de Vargas Llosa delimita el inicio de un cambio de era”, pensé exaltado.

El sueño del Celta es la novela histórica y biográfica de Roger Casement: patriota irlandés, defensor de los derechos humanos, viajero de aventuras, homosexual. Casement vivió en África durante la primera etapa en la colonización del Congo y denunció los abusos cometidos por un régimen que se publicitaba en Europa como el adalid del progreso en suelo africano. La experiencia se repitió en las caucheras del Putumayo, en la frontera entre Perú y Colombia, donde la Casa Arana impuso un régimen de esclavitud a la población indígena que fue denunciado por una comisión británica de la que Roger Casement tomó parte. El libro narra la historia de una vida plena de grandes proyectos, los altibajos constantes de un personaje convencido de ciertos ideales emancipadores y con una imagen manchada por la campaña publicitaria que giró en torno a su orientación sexual, en una sociedad donde ser homosexual no solo era un horror sino también un delito.

Es la segunda vez que leo la novela, como dije. Hace muchos años me entusiasmé con la idea de hacer un podcast sobre el Congo belga y el régimen de Leopoldo II, pero nunca terminé de cuajar el proyecto. Sucede que la historia tiene demasiadas aristas, y hay un número muy exigente de temas asociados y nuevas perspectivas en cada capítulo y cada sección. Bien pudiéramos hablar sobre el Congo, el Putumayo, la persecución por orientación sexual, el colonialismo, la Gran Guerra, Europa y el resto del mundo.  En aquella época hice incluso una selección de libros relacionados con El sueño del celta: El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad; King Leopold’s Ghost, Adam Hochschild; Autobiografía, Henry Morton Stanley; La vorágine, José Eustasio Rivera. El sueño del celta es una novela en la que todo el tiempo están sucediendo cosas, la vida de Roger Casement no parece haber tenido largos periodos de paz y en cambio haber sido una existencia vibrante.

Para cerrar no quisiera hablar de defectos del libro, sino de los retos que puede tener para el lector. Puesto que es un libro histórico y biográfico, la narración está llena de nombres y de fechas, que obligan a tener la memoria activa y cierta regularidad en la lectura. El riesgo de tardar una o dos semanas en volver al texto es el de olvidar quién es quién y en qué fechas exactas está sucediendo la acción.