domingo, 3 de agosto de 2014

Andar en bici

Podríamos empezar hablando de las cifras. Cuánto se derrite el Polo Norte cada año y cuánto aumenta el nivel del mar a causa de ello, cada año. Tal vez, el número total de árboles talados en el Amazonas esta semana. O los litros de agua que cada quien buenamente desperdicia por día. El planeta Tierra visto en números. Siete mil millones de habitantes y creciendo. Tantas guerras como posibles es imaginar. Los números, sí, tan impersonales.

Pero no. Quizá las cifras digan mucho. Quizá nos adviertan sobre aquello que nuestras acciones desencadenan en tantos ecosistemas y tan distintos del mundo. La información es clara. Entonces ¿por qué no la tomamos en serio?

Recuerdo la primera bicicleta que tuve. Aquel diciembre, igual al de tantos niños de la cuadra, en que mis padres me regalaron una todoterreno roja. Una semana de uso, dos máximo. Luego al patio a oxidarse. Esas cosas pasan. Los niños son así. Un día, al despertarnos, la bicicleta ya no estuvo. Los ladrones habían corrido una de las láminas de Eternit que daban al patio. Nunca más mis padres me compraron una.
Hace semanas, mi amigo Juan debió irse a los Estados Unidos. Como último acto de amistad me vendió su bicicleta, esa que sus padres le habían comprado (sólo que ésta no había sido usurpada), en 50 mil pesos. La traje casa en un taxi desde Bello y al regresar de las vacaciones, la mandé a reparar.
Ahora ando en bici. Es de eso de lo quiero hablar.

Salgo de casa. Encima de la bici, con el respectivo casco y las gafas de sol, bajo algunas cuadras hasta toparme con la vía principal. Tomo Pilarica. Es una loma empinada, pero me gusta recorrerla cuesta abajo a la máxima velocidad posible. Hay una curva, al final, en la que tengo que halar el freno porque la última vez casi me voy de bruces contra el suelo por una frenada repentina. Sigo bajando y hasta llegar a la Universidad. Cada día registro la bici y voy encadenarla junto a las otras. Hasta cuando salga de clase habrán pasado unas buenas cuatro horas. La bici estará allí, ya casi sola, esperándome. Le quito la cadena y salgo.

Lo interesante comienza entonces. Porque, evidentemente, aquello que antes fue bajada es ahora subida. Esta vez, el camino a casa es distinto. Pero, de todas formas, tengo que enfrentarme a Pilarica. Pongo el cambio en lo más suave y aun así me cuesta. La curva, en la que casi me reviento la cara, es todo un reto. Voy tanteándola y es allí cuando comienzo a sudar en serio. La espalda se me humedece y la camisa se me empapa. Pedaleo con paciencia pero con ritmo. La escalo palmo a palmo mientras busco asirme con más fuerza del cacho de la bici. Hay un punto, muy al final de la curva, en el que los músculos de mis piernas se contraen tanto que empiezan a dolerme. Y lo que siento no es un ligero tirón, no, lo que siento es auténtico dolor. Mis piernas se crispan y el abdomen se me contrae. Miro al frente, con las gotas saladas corriéndome por la sien, y sigo. Al llegar a casa, exhausto, ceno como si no hubiese mañana y después de algunos ajustes con los deberes, me voy a la cama.

Es difícil esto de andar en bici. Tienes que tener cuidado con los carros, no abusar de la facilidad con la que puedes pasearte entre ellos y no ir a demasiada velocidad porque no puedes frenar instantáneamente sin resbalar o caer. Es cierto que se suda, que se llega con la camisa mojada a los destinos. No siempre hay lugares en los que encadenar la bici. No siempre se puede tomar la bici para ir a cualquier lado. Además, tienes que enfrentarte a esas moles gigantescas que son los camiones, las mulas, los tractores que van en la vía; aún sabiendo que una de sus llantas podría matarte. Y está el smog, el humo de los carros delante de ti. Ese asqueroso, repugnante hollín que los autos expulsan. También el sol, y de noche, el frío.

Pero hay que ir más allá. Porque andar en bici me ha dado una de las más grandes satisfacciones que se pueden tener en la vida: saber que sí puedo. Si nos damos cuenta pedalear es, al menos en mi caso, todo un reto. Lo hago para sentir que vivo, esto es la vida, me digo: el dolor, los músculos crispados, pedalear subiendo una cuesta. Puedo decir que andar en bici me ha enseñado a ser paciente en las ciudades inmensas donde siempre se va a prisa. Llegar a la cima, poner fin al recorrido sin bajar nunca la velocidad, es una manera de entender que en la vida no importa sino en camino. Siempre que llego a casa, tengo la certeza de que andar en bici es un acto más revolucionario, más subversivo que tirar papas bomba. No emites dióxido de carbono. No necesitas aceite. Y vas en contra de la corriente de un mundo en el que cada año aumenta el nivel del mar a causa del derretimiento de los Polos. Donde las personas tienen que empezar a morir por la sequía y el abandono, como ya vimos que sucede en La Guajira. Andar en bici es eso y más en tanto haya más ciclistas en las ciudades. Y no sueño con un mundo donde no se emita dióxido de carbono a la atmósfera o uno en el que todos usen una bicicleta para llegar a sus propios destinos, pero si sueño con un mundo con más ciclo-vías y más parqueaderos para bicis.


sábado, 19 de julio de 2014

Leer, estudiar, rayar

No me gusta mucho el término ratón de biblioteca. Los ratones son escurridizos, y además son peores que el fuego dañando libros. Más bien deberíamos decir iguana de biblioteca, una persona más lenta, más reptiliana. O pajarraca de biblioteca, que sería alguien que habla demasiado. Quizá perezoso de biblioteca, quien cree que aprende por ósmosis apenas recostando la frente en la portada del libro. Y en fin.  El caso es que quiero hablar de bibliotecas y de una en especial: Efe Gómez, de la Universidad Nacional, sede Medellín. No se puede hacer una clasificación de bibliotecas más allá de dónde están ubicadas (biblioteca escolar, comunitaria, universitaria…) o dependiendo de los libros que contienen (especializada en ciencias, artes, revistas-hemeroteca-). Sin embargo, quisiera, de entrada, clasificar la biblioteca en cuestión como la Biblioteca del Estudiante Pervertido.
Un paseo a vuelo de pájaro por muchas de las bibliotecas del país revela un hecho interesante: la pulcritud de ciertos libros. Son tomos que permanecen casi intactos. Ordenados, sin mucho trajín. En ocasiones conservan ese suave olor a vainilla (o que a mí me parece vainilla) de libro nuevo. Sin esas feas estriaciones en la cubierta. O rayas o tachones. Sin muchos sellitos en el cartoncito de atrás. Es decir, prácticamente vírgenes. Sus hojas se conservan alineadas, no tienen huellas de pulgares en ninguna de sus páginas o rastros de comida o tiritas de borrador. La perfección, como siempre, tan aburridora.
Por otro lado esa diferencia revela hechos importantes. ¿Qué lee la gente? Pues lee los libros que estén en peor estado. No resultaría grato a que te dijeran “estás más tocada que Harry Po-potter de biblioteca pública”. Es decir, se puede inducir que un libro más dañado es un libro más leído. Más aún, se hace predecible el tipo de personas que deberían frecuentar la biblioteca: más ingenieros, más poetas, más esnobs.
La Biblioteca del Estudiante Pervertido es así. O bueno, es una extrapolación de ese hecho. No quiero asustar con el nombre, con eso de “Estudiante Pervertido”.  No intento decir que los estudiantes de la Nacional son pervertidos, no. El nombre es más en sentido figurado.
Todos venimos de rincones de este país que no lee un carajo. Esto suena a frase de cajón, a banderita de revista cultural. Yo lo que creo es que leer siempre será cosa de unos pocos. Venimos, digo, a confluir en espacios más amplios, más libres, más interesantes. Todo el campus es símbolo de respeto (aunque a veces no tanto, con tanto mamerto rayando paredes), de tolerancia, de ciencia y personas que quieren aprender. Pero el espacio central, según creo, es la biblioteca. Y es importante encontrar a tantos muchachos y tan curiosos. Consiste en una experiencia reveladora: ¡las personas sí leen! Los estudiantes leen, los profesores leen, las señoras y las muchachas leen. Y este flujo constituye la base del aprendizaje. Es maravilloso encontrar un rincón del mundo en que el libro es un objeto más activo, más importante. El lugar donde esto se aprecia mejor es los anaqueles de los libros de reserva: el constante cambio del volumen de libros. Todos
nos dirigimos allá por un Chang, por un Tarbuk o un Stewart. Un acto inusitado, pero interesante.
En la Biblioteca del Estudiante Pervertido sucede que los libros pierden la virginidad muy rápido. Es tan preciso aprender,  que el libro acaba sufriendo los estragos de aquella necesidad. Donde hay cierta belleza. Es afectivo y, tal vez, conmovedor que un libro se desgaste porque todos necesitan de él. Sus estrías, marcas, tachones, correcciones (los libros también se equivocan) demuestran un sentimiento más universal de la necesidad de todos, y deberían mostrar, a su vez, el respeto que estos objetos se merecen.
Amo la Efe Gómez. Su arquitectura y sus libros. Otra cosa que pasa con los libros es que tienen letricas entre las páginas. Un apunte, una corrección, una línea subrayada. No quiero decir que esté bien rayar y, al fin, destruir los libros. Pero a veces, ciertos comentarios resultan útiles. He notado que sirve prestar atención a un concepto que alguien más subrayó. A una ecuación difícil de entender que alguien hizo más comprensible con un apunte a su lado. O unas líneas entre ambas matrices que me ayudaron a comprender mejor cómo se multiplican unas con otras. Una vez encontré un dibujito, que de seguro hizo alguien mientras se aburría de la misma forma en que yo me estaba aburriendo al pasar por ese capítulo del libro. Esas son huellas, buenas o malas, pero en ocasiones útiles. Descansan junto a los otros tachones, dibujitos, marcas de dedos y restos de borrador, que son la forma más sutil de desgastar al libro.

Por supuesto que los ingenieritos de la Nacional se la pasan con Álgebra, Geometría, Química, CÁLCULO, Ciencias de la Tierra, en fin… Pero, en verdad, deberían ir y desvirgar libros de Filosofía, Artes, Literatura Y Política. Ellos también necesitan cariño.