domingo, 28 de junio de 2026

Travecas

 

—¿Este no eres tú? — preguntó con furioso énfasis en .

Marcia, mi novia, estiró el brazo y me puso el celular en la cara. Era yo, en efecto. Éramos Juan y yo en el video. Ella y yo veníamos mal en la relación y ahora esto: había mentido, me había ido a rumbear y ahora era sospechoso de homosexualismo. Me levanté con dificultad de la cama. Quise sostenerme en el brazo de Marcia, pero se apartó y estuve a nada de caer. Fui a la cocina, puse a hervir agua para un té y me senté en la mesa. Marcia me miraba con los brazos cruzados y expresión inalterada. Ya la conocía: estaba colérica. Preparé el té. Y empecé.

Conocí a Juancho en la oficina. Era un cómico: tenía ocurrencias, contaba historias, siempre tenía el remate perfecto para cada comentario. En la oficina le decían Juanchito no nada más porque le guardaran aprecio, sino porque también medía un metro sesenta y cinco. Juancho andaba en una moto grande y daba gracia que la sostuviera en reposo con las puntas extendidas de los pies. Consumía un cigarrillo cada pocas horas. A veces lo veía fumando bareta con otros compañeros a la salida del trabajo. Le gustaba la biología, además. Hablaba largas horas del funcionamiento de la vida…

—¿Ahí fue que te enamoraste de él? ¿Ahí fue que empezaron a hacer maricadas? — interrumpió Marcia.

La miré con cara de no seas ridícula y continué.

Juancho tenía una costumbre: las putas. Le gustaba irse de putas. Los lunes llegaba con una historia diferente de alguna prostituta con quien hubiera estado. Siempre me invitaba, además. Me contó cómo funcionaba la cosa. Tú entras en una casa más o menos discreta, por aquí cerquita, de dos pisos. Timbras, te abren y te recibe Eufemia, la dueña del prostíbulo. Hay varias peladas. Les hablas normal. Y cuando ya tienes decidido cuál quieres, suben a la habitación y la pelada te atiende. Es breve. Mira, mira esta. Me mostró en su celular una chica morena, de ojos grandes y bien puestas y prominentes tetas. Luego dijo: me le pegué como ternero huérfano, antes de reírse sin rastro de pudor. Juancho me invitó a putear muchas veces. Yo, claramente, le dije que no, que tenía novia y que jamás podría hacerle algo así. No podría irrespetarla.

—Ajá, claro— vino de Marcia, irónica.

¿O serás cacorro? Uy, no parce, yo con maricas sí no me junto, dijo Juancho a la enésima vez de invitarme a las putas. Ignoré la pregunta y más bien lo interrogué acerca de su novia. Eso no es irrespetar a la novia, aseguró. Eso no es nada. Juancho tenía novia. Era una mujer de su misma altura, de cabello negro y liso y bastante seria, con cara severa. Yo la vi alguna vez a la salida del trabajo. Fue por ella que salimos a Provenza. Juancho me invitó a tomar y antes de que yo lo rechazara como siempre hacía, mencionó que su novia vendría. Yo lo pensé un poco. Esa tarde, a la salida me invitó a fumar marihuana…

—Me dijiste que lo habías dejado— era Marcia, de nuevo.

Fumé, sí, pero muy poco. Un plon y ya. Me fui enseguida para la casa. Pero en el medio acepté la invitación de Juancho. Cuadramos ir el siguiente viernes a una discoteca retro en Provenza. De camino a casa me sentí liviano. Caminé hasta el metro con una sonrisa y llegué en calma a mi apartamento. Cuando me dijiste que ese viernes ibas a estar ocupada estudiando, mi plan para no preocuparte fue decirte que me iba a quedar en la casa y que me iba a dormir temprano.

—Eres un mentiroso, Camilo.

El viernes salí de la oficina. Me fui para la casa. Te escribí. Me arreglé. Y salí. Cogí el metro y llegué a la estación Poblado. Juancho me envió la ubicación del sitio y caminé. Estábamos él, la novia, otros amigos suyos y yo. Era un grupo como de cinco o seis personas. Yo no quería tomar y no tomé. Apenas unos traguitos y si me prendí ahí mismo me bajé. Pero Juancho sí estaba tomando bastante. Escuchamos la música, hablé con los que estaban ahí, le pregunté tres cosas a la novia de Juancho. Todo normal. A media noche me dice que quiere fumar y que lo acompañe afuera. Les dijimos a todos que ya veníamos y salimos al frente del sitio. Sin embargo, no había vendedores de cigarrillos ahí. Ya nos habíamos resignado a no fumar cuando vimos una tiendecita abierta a tres cuadras. Juancho la señaló y cogimos para allá. Estábamos caminando por el pretil derecho, de camino a la tienda, cuando en la acera de en frente Juancho divisó un grupo de coyas. ¿Coyas?, preguntó. Así les dicen en mi tierra, le expliqué. Se rio. De regreso, pasamos por donde las coyas, me dijo. Yo no le creí. Pero cuando volvíamos, en efecto, se cambió de acera y se les acercó a las viejas.

—Mira, ya ni me cuentes más.

Llegó con una sonrisa. Se les acercó y ellas lo vieron tambalearse y lo rodearon de una. Tuve que ir a sacarlo casi a la fuerza y en ese momento me percaté de lo que él ya venía a decirme: ¡Ay, jueputa, son travestis estas coyas! Lo miré, miré a las chicas y detallé sus rasgos varoniles: la mandíbula, la manzana de Adán, las piernas tersas y secas, la espalda robusta. Como pude lo saqué del grupo y lo encaucé en la acera. Dimos tres pasos al frente antes de que Juancho gritara: ¡Mi celular! Yo me devolví, al frente de la situación y miré a las chicas con total sobriedad. Asumo que se dieron cuenta de que yo no iba borracho como él. Una de las viejas se agachó, simuló recoger el celular del piso y me lo extendió: se te cayó esto, papi. Yo iba a dejarlo así, pero Juancho se percató no sé cómo del gesto y se vino de frente. Soltó una diadema de insultos y le metió un puño a la chica en la cara. La escena se escaló y yo me defendí, nos defendí. Me paré firme y agarré pelucas, blusitas, tiré pata y muñeca. Pero nos superaban en número y mi escudero estaba jarto como una nigua. Nos redujeron. Ya en el piso descubrí que los tacones pisan duro. Y que son fuertes esos travestis.

—¿Y entonces de dónde sale eso de “dos hombres son apaleados por no querer pagarles el servicio a las trabajadoras sexuales trans”?

—Marcia, tú sabes cómo es internet. Yo no controlo lo que ponen de titular.

Marcia dio la impresión de estar convencida durante algunos meses, pero terminamos en menos de un semestre. Supongo que nunca me creyó o nunca superó la historia de Juancho y las travecas. Sus últimas palabras en mi chat de WhatsApp fueron: “Si te gustan, te gustan”. Las escribió antes de bloquearme para siempre.

 

 

miércoles, 22 de abril de 2026

¿Dónde están los lectores?

A propósito de la lectura de Las cartas del Boom, se me ocurrió pensar en Barranquilla no como una infértil estepa cultural, sino como un espacio de oportunidad. Entreví en las cartas que Cortázar, García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa tenían una preocupación real por los lectores. Y no podía ser diferente, pues la base del éxito del Boom era el lectorado que consumía y distribuía sus obras. (Dije “consumir” y me arrepentí de inmediato, pero a falta de una mejor jerga, es la palabra que usaré). No digo que aquellos autores escribieran para agradar a sus lectores; en cambio, puntualizo que eran conscientes de que existía una audiencia que los leía y que prestaba atención a los premios, el cine y las revistas. Es decir, en su correspondencia se nota cómo los autores no solo se tomaban el trabajo de escribir, sino también de apuntar al circuito editorial de las traducciones, los congresos, las cátedras universitarias, la participación en política y la opinión pública. No eran, en todo caso, reservados artistas en la intimidad de su hogar escribiendo para sí y para unos pocos amigos. Todo lo contrario: sabían que para poder seguir escribiendo había que vender. Quizá esto que afirmo sea un obviedad, pero para mí fue un descubrimiento asistir a la trastienda del Boom. Crecí leyendo y admirando a estos autores por su obra literaria, pero no me había detenido a pensar en lo que implicó para ellos escribir las novelas que he disfrutado a lo largo de mi vida. O no los había leído a ellos mismos discutiendo sobre el tema. Pensar en los lectores no podía sino relacionarlo, entonces, con una ciudad en donde la lectura no es una costumbre extendida: la mía.

En mis años universitarios, la lectura era una preocupación de primer orden. No podía ser de otra forma, porque estudié para ser profesor de español en escuelas. La lectura es la principal aspiración de cualquier docente de lengua castellana: queremos que los estudiantes lean. En tantas clases sobre el tema, aparecieron dos conceptos que recuerdo porque consideré relevantes en su momento: la disponibilidad y el acceso. La disponibilidad se refiere al hecho de que los libros estén: que existan bibliotecas, librerías, espacios para la leer. La disponibilidad tiene que ver con el hecho de que exista un ambiente físico para leer y que haya material de lectura. A día de hoy la disponibilidad no es ya una preocupación. Al fin y al cabo, cualquier persona tiene un celular desde el que puede descargar libros e internet provee una manera gratuita y ágil de obtener la información, cualquiera que sea su nombre: libros, películas, videos educativos, cursos y un largo etcétera. El acceso, por otra parte, se refiere al conjunto de estrategias que tienen lugar para relacionar a los estudiantes (o al público) con los libros. El acceso tiene que ver con lo que se planifica conscientemente para guiar un proceso de introducción de la lectura en la cotidianidad de las personas. El acceso es una estrategia, una actividad con objetivos específicos, una política pública. Si no hay acceso o si no tiene una escala lo suficientemente colectiva, no habrá lectores.

Durante la lectura de Las cartas pensé en las posibilidades de que en Barranquilla existiera un amplio público lector. En lugar de tomar una posición punitiva sobre el hecho de que el común de la gente no lea, quizá sea mejor entender el fenómeno como una posibilidad. Entender al no-lector como un posible-lector. Tiene sentido, puesto que leer libros no se trata de una tendencia natural de nuestra especie. La lectura está enmarcada en un conjunto de hábitos que son culturalmente aprendidos y que dependen de unas condiciones especiales. Los lectores leen porque hay otros lectores en su familia, porque refuerzan sus amistades a través de los libros, porque encuentran en la lectura razones y herramientas para pensar mejor en el contexto en que están inmersos. Sin embargo, llegar a ser un lector consumado (espero que no se entienda que concibo la lectura como la panacea) es costoso: los lectores se forman por años en la escuela y en la universidad; y también en el seno de familias lectoras, que se regalan libros, que celebran las lecturas, que se relacionan con los autores y se identifican con lo que pasa en los libros, sin importar si se trata de novelas o libros de divulgación científica. Todo lo cual en una secuencia de decisiones y no una mirada pasiva de la realidad. Si lo aterrizo en mi caso personal: a mí me gusta leer, claro; pero hay momentos en los que yo decido leer, en que escojo la lectura por encima del cine y las series, o de la rumba, o de Instagram, o de hacer ejercicio y visitar a mi tía. Lo que quiero decir es que no hay un gusto implícito por la lectura per se, sino que también hay también elecciones reales.

Me faltan unas cien páginas para acabar de leer Las cartas del Boom. Hay otros temas que también han sido removidos y repensados por este libro, y que esperaría tratar en otras columnas. La pregunta de esta disertación en tres párrafos es consecuente con el razonamiento que he seguido hasta ahora: ¿quién se va a tomar el trabajo de crear espacios de acceso a la lectura en Barranquilla?

Nota final:

Había escrito esta columna y luego vi esta publicación. Quizá ahí está respondida mi pregunta. 

https://www.instagram.com/p/DW9Fhk0jXzV/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=NTc4MTIwNjQ2YQ==